jueves, 15 de septiembre de 2016

El Honor de Rocroi

Hacía tiempo que no le daba a la tecla. No tenía ni tiempo ni ganas. Pero hoy toca una historieta tan auténtica como increíble: 1943 y Rocroi.

La verdad que he tenido que volver a releer a Reverte y su Alatriste este verano para volver de nuevo a investigar un poco sobre los Tercios Españoles, la infantería más perfecta que los siglos han visto. Y, como en España desde hace más de un siglo y dos amamos más la decadencia que las luces, qué mejor oportunidad para tratar que Rocroi.

Más que de la batalla quiero hablar tanto de lo que cuenta la colección de libros de Alatriste como de la grandiosa escena de la película. Ambas reflejan a la perfección la clave, en mi opinión, del éxito de los Tercios: el Honor. Y nadie mejor para representar esto que los pinceles del mejor pintor sobre temática militar de la actualidad: Augusto Ferrer- Dalmau, que refleja en su Rocroi, el último Tercio esto de lo que hablo.


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Rocroi fue el principio de un fin ya anunciado. Y allí, nuestros antepasados combatieron (y murieron en su mayoría) con lo único que tenían: Honor. No obstante, seguimos dando guerra durante, al menos, 20 años. 


Una y otra vez los franceses cargaron contra España. Una y otra vez resistieron los Tercios. El uso de artillería fue decisivo para El Gran Condé. A cada brecha abierta en la vanguardia del Tercio, ocupada por los soldados más veteranos, España respondía cerrando sus filas. Cierra, España. “Soldados viejos a vanguardia, soldados viejos a retaguardia”. El honor de luchar en primera fila. El honor de morir en primera fila.

Y en un momento de descanso, parlamento. Españoles, les ofrezco una capitulación honrosa permitiéndoles salir en formación y con sus banderas. «Decidle al señor Duque de Enghien que agradecemos sus palabras. Pero esto es un tercio español»

Esto es algo que queda bastante bien reflejado en la película de Díaz Yanes. La música de fondo, la marcha La Madrugá de Abel Moreno interpretada por el Regimiento Soria 9, la unidad más antigua del Ejército y descendiente directa de aquellos Tercios.


La derrota nos llegó en Rocroi. Lo que no perdimos fue el Honor. Cuando los franceses preguntaron por el número de nuestras tropas, un soldado, arrogantemente, contestó: «Contad los muertos».


Porque pudimos perder la vida y nuestro Imperio, pero no perdimos la dignidad.

miércoles, 27 de julio de 2016

Los estatutos de La Bohème de Puccini

Aprovechando el verano y una de esas noches en las que los ojos lo único que ven es techo, tropecé con un programa en la Cadena SER sobre ópera. Play Ópera, para más señas.

Sonaba La Bohème, de Puccini. Total, que al día siguiente me puse a mirar un poco más sobre el autor. Et voilá, sorpresa sorpresa.


Resulta que cuando Puccini vivía en París, en ese París de la bohemia de finales del siglo XIX, creó un club donde, básicamente, se jugaba, se comía y se bebía (es decir, se vivía) con un estatutos la mar de peculiares. Allí, el autor era el presidente y dejó plasmados estos principios fundadores del club:

  1. Los socios del club "La bohéme", fieles intérpretes del espíritu de la fundación del club, juran beber bien y comer mejor.
  2. Los cascarrabias, débiles de estómago, pobres de espíritu, rezongones y demás desgraciados de este género, no están admitidos y los miembros del club procederán a echarlos furiosamente.
  3. El presidente cumplirá las funciones de árbitro y se encargará de obstaculizar la labor del tesorero destinada al cobro de las cuotas.
  4. El tesorero está facultado para huir llevándose la caja.
  5. El local estará iluminado con lámparas de petróleo. En caso de falta de combustible, se utilizarán los mocos de los socios. 
  6. Está completamente prohibido todo juego legal.
  7. Está prohibido el silencio.
  8. No se aceptará la prudencia ni siquiera en casos excepcionales.

Como para no apuntarse.

jueves, 9 de junio de 2016

Un turista en Venecia, por Chaves Nogales

Hoy os traigo un extracto del libro "La vuelta a Europa en avión", de Manuel Chaves Nogales. Para no perdérselo.

Si yo fuese veneciano, ya una mañana cualquiera que me hubiese levantado de la cama con mal humor, me habría ido a la plaza de San Marcos y, cogiendo por las solapas al primer imbécil de turista que me encontrase echándole de comer a las palomas, le hubiese hablado así:

“Caballero, esto que hace usted es indigno. ¿No le remuerde la conciencia? ¿No se avergüenza de estar aquí con ese aire estúpido extasiado ante la fachada de San Marcos o embobado con el Campanile? ¿Cree usted que esto es serio? ¡Venir aquí a repetir los mismos tópicos admirativos que han repetido ya todos los millones de turistas del mundo, a decir una vez y otra que todo es «interesante», «muy interesante», y a creerse de veras que su alma de cántaro se ha conmovido en presencia de las grandes obras de arte cuando hay en el mundo tantas cosas ciertas y serias que ver, que admirar y que sentir! ¿No comprende usted el daño que hace con su estúpida superstición?
Mire usted, señor: yo soy veneciano, tengo esta desgracia. A mis antepasados se les ocurrió hacer esta ciudad insensata en una laguna. Pero, en fin, ellos sabrían por qué. Tal vez tuviesen sus razones. No; yo no les culpo a ellos. Después de todo, lo hicieron bien; ésta es la verdad. Lo intolerable, lo dramático, es que yo tenga que pagar las consecuencias. Es decir, que me las haga usted pagar a mí.
No, no se escandalice; usted tiene la culpa. Aquí no se puede vivir; esto es una verdadera porquería. Estos maravillosos canales que emocionan a las criaturas de temperamento poético son unas verdaderas letrinas. ¿Pero es que no tiene usted narices? Huela usted, hombre; huela usted. En esta maravillosa ciudad de Venecia que emociona hasta el desmayo a las damitas inglesas y a los tenderos alemanes, nos morimos de fiebre palúdica, de tifus, de disentería. ¡Y ni siquiera se nos otorga el consuelo de figurar en las estadísticas, porque como ésta es una ciudad de turismo, no se les puede espantar a ustedes! ¿No ha sentido usted por la noche los mosquitos, esos terribles mosquitos venecianos que nos tienen comidos, que nos alancean y nos inyectan todos los gérmenes patógenos conocidos y por conocer?
Usted, señor turista, vive en una ciudad razonable que le permite a usted cruzarla de punta a punta en unos minutos gracias al metro, los autobuses o los tranvías. Esta ciudad donde usted vive tiene un crecimiento normal, está rodeada de campos que, merced a su industria, usted va ganando y transformando en riqueza urbana, de la cual se queda usted con una buena porción en el bolsillo. ¿No es eso? Pues bien, señor; nosotros no tenemos aquí campo alguno para el desarrollo de nuestra actividad, ni siquiera manera hábil de ser activos. ¿Cree usted que es posible ir a hacer negocios, a asistir a la oficina, luchar, ser hombre diligente y rápido en la acción cuando para moverse tiene uno que acompasar el ritmo de su vida al ritmo que lleva el remo de su gondolero?
Se entusiasma usted con el brillo de los ojos de nuestras mujeres y no ve que ese brillo es el de la fiebre, el de las tercianas que suelen tener. Su esposa de usted, señor turista, sale de paseo por los bulevares para esparcirse y tonificar sus nervios en el Tiergarten, el Bosque de Bolonia o el Retiro; la mía, caballero, tiene que quedarse encerrada en casa luchando con los mosquitos y con el mal olor, con un humor de perros, neurasténica, más loca que una cabra. Usted tiene unos niños que corretean por los jardines y los parques municipales de su ciudad; yo tengo a mis hijos, amarillos y tristes encerrados en el pozo de piedra de un patio interior. Usted puede irse a las afueras de su ciudad, llamar a Le Corbusier y hacerse la casa que se le antoje y en el sitio que le plazca. Aquí, todas las casas que era posible hacer, están hechas. Yo tengo que vivir en las habitaciones de mi bisabuelo, asomarme a los huecos que le plugo hacer en su casa a mi bisabuelo y tener un salón decorado según el gusto de mi bisabuelo. Porque ¡qué crimen no sería derribar uno de esos palacios maravillosos e incómodos para levantar en su solar una casa, vulgar y confortable!
No me interrumpa, no; ya sé lo que va usted a decir, que usted no tiene la culpa. Sí, señor; la tiene usted. Pues si no fuera por ustedes los turistas, ¿viviríamos nosotros aquí? No; si no fuese por la codicia que despierta vuestro dinero, esta poética y maravillosa ciudad estaría desierta. Los venecianos se hubieran ido a ganarse la vida honradamente por ahí, viviendo de una manera razonable. Son ustedes con sus propinas, con sus gastos de hotel y sus compras de reproducciones y de chucherías, los que nos amarran a esta vida miserable de mendigos disimulados, de cicerones, de camareros. ¿No cree usted que ese mozo veneciano que va empujando cansadamente el remo mientras usted aprisiona el talle de una madamita sentimental a lo largo de los canales podía ganarse la vida de una manera más fácil y más limpia?
Váyase, señor turista, váyase. Dejemos esto convertido en un museo o en una especie de relicario aislado de la vida contemporánea por una especie de vitrina espiritual. Ni usted ni nosotros tenemos nada que hacer aquí. Nosotros, porque en el mundo moderno hay otras maneras más dignas y eficaces de ganarse la vida. Usted, porque —ahora en confianza— maldita la emoción estética que esto le produce. Seamos sinceros. A usted, señor fabricante de Chicago o comerciante de París, le traen completamente sin cuidado las preocupaciones espirituales. Usted tiene muchas cosas que hacer, está absorbido por muchas preocupaciones materiales. ¿Verdad que le traen completamente sin cuidado las maravillas arquitectónicas de la catedral y la colección de lienzos del palacio de los Dux? Dejemos eso del arte para unos cuantos insensatos que no tienen dinero para venir a Venecia, y hablemos claro. Viene usted aquí únicamente para poder algún día tomar la palabra en su club y decir: «Una noche en Venecia paseábamos por el gran canal…». ¿No es eso? Pues no sea usted tonto. Porque diga eso ya nadie le tendrá por más culto, ni por más espiritual, ni por más sensible. Ya no se engaña a nadie con esas cosas. Quédese, pues, en su casa, nos hará usted un gran favor”.

Esto le diría, y después, si no se iba, le echaría una mano al pescuezo, le arrancaría a viva fuerza la cartera repleta de libras o dólares y le arrojaría al gran canal. A ver si así se curaba de su estupidez.

sábado, 4 de junio de 2016

The Rumble in the Jungle

Hoy, 4 de junio de 2016, ha muerto el más grande entre los grandes pesos pesados de la Historia. Un boxeador que fue mucho más que un boxeador. Es imposible conocer, por ejemplo, cómo afectó el conflicto de Vietnam en la sociedad estadounidense o cómo fue la lucha por los derechos civiles de la población negra sin tener en cuenta el papel principal que asumió para sí Cassius Clay, Muhammad Ali. El peso pesado que se movía como un ligero. El boxeador que sólo respetó a otro boxeador en su vida: Sugar Ray Robinson.

Y, en este momento, me apetece escribir de nuevo sobre boxeo. Quizá que este deporte haya sido relegado a un segundo plano informativo de un tiempo a esta parte me hizo acercarme a él como mero espectador primero y como admirador después.

Si hay un combate que representa todo en la Historia del Boxeo (con mayúsculas), ese es el que se conoció como The Rumble in The Jungle entre Foreman y Ali en Zaire en 1974. Una de las pelas del siglo. Una de las peleas de la Historia. Una pelea por el Título de los pesados. Sí. Y mucho más.

La velada fue patrocinada por el entonces presidente de Zaire, dictador después, Mobutu Sese Seko, y fue una de las primeras experiencias de Don King como promotor de boxeo. No fue la primera de las peleas del polémico Ali en tierras con una raigambre pugilística casi inexistente, ya que en Manila, Filipinas, al año siguiente, tuvo lugar otro combate, este vez contra el archienemigo por antonomasia, Frazier.
La pregunta parece clara: ¿por qué Zaire y por qué contentar al asesino de Mobutu? La respuesta: más de 10 millones de dólares de la época. Por cierto, Mobutu no apareció por el combate. Lo valientes que son los dictadores. Eso sí, una pancarta gigantesca presidía la velada. Que una cosa es no estar y otra no aparecer.

Las hostilidades, tal y como diría el admirado Héctor del Mar, dieron comienzo en el Estadio Fortaleza, cuyos departamento interiores eran utilizados a modo de cárcel.
Allí, una muchedumbre enfervorecida no paraba de gritar “!Ali bomaye!, !Ali bomaye!”, Ali, mátalo.

Días antes del combate hubo algunos muertos, de raza blanca, en un ambiente enrarecido. El dictador actuó como un dictador.  Mandó a la cárcel a más de 1000 personas y aquí paz y después, gloria.
Ali aparecía en todas las apuestas como el perdedor. Foreman arrastraba una racha impresionante. El grandísimo Joe Frazier había besado la lona hasta en seis ocasiones en dos asaltos en un combate anterior. Una racha de 40-0 con 37 Knock Out. Casi nada lo del amigo.

Sin embargo, Clay era mucho Ali. Gracias al ex-púgil Larry Holmes y a un entrenamiento espartanos, Ali estaba mucho más delgado que en anteriores ocasiones. Listo para la guerra.

Y así fue. Decía el Maestro Antonio Ordóñez que hay una serie de tardes al año que tenías que estar dispuesto a morir en la arena de una plaza de toros. Esa filosofía la tienen también los boxeadores. Y tanto Ali como Foreman, que defendía por tercera vez su título de campeón de los pesados, estaban dispuestos a morir sobre la lona que circunscriben las 16 cuerdas.

A una hora intempestiva, las 4 de la madrugada de la costa este estadounidense (la que todavía se utiliza para marcar, por ejemplo, la hora de la Superbowl o de los estrenos televisivos de relumbrón) dio comienzo la pelea con el juego previo que tanto gustaba al gran campeón.

Alrededor de  60.000 africanos casi suplicando '¡Ali bomaye! ¡Ali bomaye!'. 8 asaltos. 24 minutos de boxeo. 24 minutos de guerra. Y la guerra es, esencialmente, valor y táctica. Ali en las cuerdas al más puro estilo Balboa gritándole a Foreman: “Pegas como una mujer”, “Pégame más fuerte, campeón”. ¿Os suena? Clubber Lang y Rocky Balboa en Rocky 3, Forema y Ali en Zaire.

Y Ali venció tras una combinación absolutamente genial. Y Ali convenció. Y Ali se convirtió en una leyenda que acabaría de forjar al año siguiente, 1975, en Filipinas contra Frazier.

Mucho más que un boxeador. Un ídolo de masas y un movilizador social de primera fila.

La pelea completa se encuentra disponible en Youtube:

lunes, 2 de mayo de 2016

El Honor de los presos del 2 de mayo

Acabo de releer el libro "Un día de cólera", de Arturo Pérez-Reverte, y desde aquí os lo recomiendo. Un libro y un autor que, personalmente, les tengo en estima por estar siempre a las duras y a las maduras. Filias y fobias aparte.

La historia de esta entrada la he leído en ese libro y en un artículo del autor publicado en el XL Semanal.

Esta es la historia de unos hombres con un valor que actualmente está en franca decadencia: el Honor. La Palabra de Honor.

El 2 de Mayo de 1808, una vez levantado el pueblo de la Villa y Corte contra los invasores franceses, los presos de la Cárcel Real, situada en la Plaza de la Provincia, muy cerca de la Plaza Mayor, pidieron que les dejaran salir a luchar, comprometiéndose a volver después de la lucha al penal. 


La petición fue entregada por Francisco Xavier Cayón, preso en la cárcel, y estaba suscrita por todos sus compañeros de presidio. Esta decía: «Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros».

Sopesando la situación fuera de la prisión y la que se podría armar dentro, los responsables dejaron salir a los presos que habían comprometido su palabra en volver.

Y así fue que, de 94 presos que estaban entre rejas, 56 salieron a combatir. Uno murió y otro puso pies en polvorosa. 2 desaparecidos y dados por muertos. 51 de 56 regresaron. Es decir, de 56 que salieron a combatir, sólo uno aprovechó la situación para decir: "pies, para qué os quiero". Honor.

La gran mayoría de ellos se encaminaron hacia la Plaza Mayor, donde lograron conquistar un cañón francés y lo dirigieron contra la infantería francesa que avanzaba hacia ellos por la calle de los Consejos.





¿Por qué pidieron salir? De nuevo la respuesta creo que es el Honor. Imagínense que ustedes, encerrados entre rejas, escuchan a través de un ventanuco minúsculo, situado a más de dos metros de altura, gritos, juramentos, lamentos, gritos y sollozos. Mi familia, pensarán. Qué estará pasando con mi familia. No puedo estar aquí. He de salir a matar o a morir. Y allá que te fueron. No es lo mismo combatir en tierra extranjera que teniendo a tu espalda a tu mujer, hijos y demás familia. Eso es un plus en cualquier conflicto. La defensa a la desesperada.

La verdad es que tiene su cierta lógica dejar que unos presos salgan a combatir. No es algo pensado como “de perdidos al río” por parte de las autoridades de la cárcel. En absoluto. La sublevación de Madrid y la Guerra de la Independencia en general normaliza un estilo de guerra que será típicamente español: la guerra de guerrillas. Y en ese ambiente de navajazo, degüello y ataques rápidos aprovechándose del terreno, ¿quién mejor que un preso de la capital? Las autoridades creyeron que nadie mejor que ellos.

Pónganse en su lugar. Pónganse en el lugar de estos héroes olvidados. Salen a morir motu proprio desde una cárcel en el siglo XIX y prometen regresar si aún siguen con vida. Y regresan. 

El Honor.






lunes, 25 de abril de 2016

Desierto en la Concurso

Allá por el año 2000, el maestro Luis Francisco Esplá inauguraba la tradición de las Corridas Concurso en el coso de Pignatelli. Hoy, 16 años más tarde, debemos darle una vuelta más, a tenor de los resultados de los últimos dos años. Una corrida concurso debe ser eso: una Corrida Concurso. Toros de diversos encastes, en tipo y con unas reatas y notas contrastadas. Esto no puede convertirse en una limpieza de cerrados ni un campo de pruebas. Aquí se debería venir a ganar y con lo mejor de cada casa. Empresa, ganaderos y toreros deberían saber a qué vienen a esta corrida a Zaragoza.
El primero, de Bohórquez, era amplio en todo su cuerpo, desde los pitones hasta la penca del rabo. Fue recibido con una ovación por la afición. Cumpliendo en varas, comenzó a quejarse en banderillas. La lidia que le administraron no fue la mejor y Rafaelillo comenzó por bajo cuando el toro quizá pedía que le condujeran a su altura. Mirón y probando al coleta, se fue apagando poco a poco. Tampoco el toreo hizo nada por mejorarlo. Un toro más.
647 kg. pesó el de Cuadri que hizo segundo. Y 50 kg. que le habrían cabido más. Largo como un tren este Ferroviario que fue recibido con palmas de salida. Decidido el torero de la tierra con el capote, con el que consiguió algún lance estimable. El toro demostró en el caballo lo que iba a ser: falto de casta y clase, con la cara siempre a media altura. Tocaron a banderillas y aquí llegó uno de los puntos fuertes de la tarde. Iván García, que es un torero de la montera al lazo de la zapatilla, hizo una lidia de manual, dándole al animal lo que necesitaba. Ambel y Manolo de los Reyes se lucieron con los garapullos y recibieron una ovación. A Paulita se le veía con ganas, pero la mala suerte quiso que el toro de Cuadri se lastimase la mano derecha y se inutilizara para la lidia nada más comenzar la faena. Y aquí acabó este capítulo.
Manso en el caballo y noble repetidor en la muleta el protestado toro silleto de AlcurrucénManuel Escribano estuvo con oficio con él, templado, pero toreando fuera de cacho. Acabó por hacer un toreo más efectista que, junto a un espadazo saliendo trastabillado, le valió la única oreja cortada en el ciclo.
Imponente de arboladura el albaserrada de Adolfo Martín, que recibió una ovación de salida. Tomó cuatro varas por parte de Juan José Esquivel, que toreó bien a caballo. Cumplió el animal, pero viniéndose a menos, con más genio que otra cosa. Salió del encuentro con el caballo embistiendo a arreones. Rafaelillo comenzó doblándose con el toro, pero el perder la muleta hizo que el animal decidiese que ya no embestía, desentendiéndose de la pelea. La izquierda de Rafaelillo la vimos con la muleta sólo a la hora de matar. Tragándose la muerte acabó el de Adolfo.
Fuente Ymbro es una ganadería con una variedad de presentación en sus toros que asombra. El que ha mandado a Zaragoza parecía hecho por Picasso. Cara de vaca, pitones camargueses, una pelota enorme en el morrillo, largo como un tráiler de varios ejes y alto como un flamenco. En definitiva, feo como él solo. Derribó a Sangüesa en la primera vara. Puro espejismo. El plato fuerte de la corrida llegaría en el tercio de banderillas. Muy bien Ambel con la capa y extraordinarios Iván García y Manolo de los Reyes con los palos. Cuando se llenan de contenido todos los tercios, esto genera interés. En la muleta el toro fue un marmolillo. El de Alagón se quiso justificar estando más tiempo del necesario delante de la cara del animal.
El de la Jota correspondía a la ganadería de la tierra, Los Maños. Anovillado, paletón y con la cara un tanto lavada. Fue muy protestado por el tendido. No debió pasar el reconocimiento. La primera vara fue de bravo, empujando hasta con el rabo. Tres puyazos recibió, viniéndose abajo conforme avanzó la lidia. En la muleta acabó por rajarse y huyendo a tablas. Escribano anduvo profesional con él y dejó una estocada tendida.
Una Concurso a la que deberíamos dar una vuelta de tuerca. Porque una corrida de este tipo no sólo es necesaria, sino imprescindible. Por el toro y por la diversidad de encastes.

  • Zaragoza. Plaza de toros de La Misericordia. 2ª de la Feria de San Jorge. Corrida Concurso de ganaderías. Casi media entrada en tarde ventosa.
  • Rafaelillo: ovación con saludos y silencio.
  • Paulita: silencio y ovación con saludos.
  • Manuel Escribano: oreja y leve petición.
  • Tras romper el paseíllo hubo una ovación para la UYTAC y para los matadores, que salieron a recogerla al tercio.
  • PREMIOS: Mejor Toro: desierto; Mejor Lidiador: Iván García, en el segundo toro; Mejor Picador: Juan José Esquivel, en el cuarto toro

sábado, 23 de abril de 2016

Ni Dragón embistiendo ni San Jorge toreando

Crónica disponible en:

http://www.porelpitonderecho.com/inicio/ni-dragon-embistiendo-ni-san-jorge-toreando-2883


Abría sus puertas el coso de Pignatelli en esta temporada 2016 con un encierro de la divisa extremeña de López Gibaja, que tras sus actuaciones en Valencia con diversas novilladas debutaba en plaza de primera con corrida de toros. El antecedente más cercano en esta plaza fue aquel Marqués, que ganara la Corrida Concurso de esta misma plaza en 2013. La presentación del encierro ha sido desigual, con dos toros, tercero y quinto, absolutamente impresentables en una plaza de la categoría del coso zaragozano.
Joselito Adame hacía el paseíllo desmonterado al debutar como matador en Zaragoza. En ninguno de sus dos toros colocó al animal en suerte, cosa que en el cuarto se le exigió con firmeza por parte de la afición, ya que el toro empujó de verdad en su primera vara. Pero vayamos por partes. Su primer toro, un manso de libro, humillaba al coger los trastos. Tras una lidia en la que no se le pudieron dar más capotazos, se puso el hidrocálido a seguir por el mismo palo que su cuadrilla. Total, que entre el poco temple, que estaba toreando desde la Plaza del Pilar y que el animal se fue yendo poco a poco abajo, nos quedamos sin nada. Bueno, sin nada no. Adame trajo por trastos dos bonitas mantas zamoranas que hubiesen hecho las delicias en el invierno de la ciudad. Es materialmente imposible torear decentemente con semejantes carpas de circo. El cuarto, como ya hemos dicho, tomó una buena primera vara que fue bien administrada por Óscar Bernal. ¿Y qué hizo Adame? Una demostración de eso que se conoce por Tauromaquia 2.0 a la que se añadió una buena cantidad de zapatillazos. Tras matar al animal, el espada, con el permiso de la autoridad abandonó la plaza.
Mi reflexión, como aficionado, es: ¿cómo se puede permitir que el director de lidia abandone la corrida sin que esta haya terminado? Una vergüenza, un despropósito y, sobre todo, una falta de respeto a la afición y a sus compañeros.
Juan del Álamo entró a última hora por sustitución de David Mora, con una rotura fibrilar en el gemelo. Qué casualidad. Álamo tuvo como primer enemigo a un toro al que le hicieron todo al contrario a partir de su paso por el caballo, donde fue bien picado por Paco María. Su faena con la muleta fue más larga que un día sin pan. Y no contento con ponerse realmente pesado, se entretuvo en pegar circulares de todo tipo. Con el quinto apenas tuvo opción. Un toro manso, descastado, mal lidiado y mal presentado.  Un capítulo vacío.
Fortes es un torero con valor. Con mucho valor. Pero poco toreo. Transmite al tendido una sensación de inseguridad que es difícil de explicar. Quizá el mejor ejemplo es su faena al tercer toro de la tarde. En las cercanías, con escaso temple y sin conducir la embestida del toro, que tampoco era nada del otro mundo. El público, con sensación de que podía ser cogido en cualquier momento. Y Fortes acabó el cuadro con unas bernadinas ajustadísimas. Toreo poco, valor todo el del mundo. Por cierto, lo de brindar con una rosa y un libro es una estupidez de proporciones considerables. Esto es Aragón, por si no se ha enterado alguno. El sexto toro no lo quiso ni ver. Bronco, sí. Pero Fortes ni se puso. Casi que lo agradecimos, porque más de dos horas y media de sopor son mucho sufrir de forma gratuita.
Y así acabó la primera de feria. Ni Dragón embistiendo ni San Jorge toreando. Mañana la concurso. Esa va a ser.

  • Zaragoza. Plaza de toros de La Misericordia. 1ª de la miniferia de San Jorge. Algo más de un tercio de entrada en tarde primaveral con el cierzo propio de la tierra. Corrida de Toros de López Gibaja, desiguales en presentación y juego.
  • Joselito Adame: ovación con saludos y silencio.
  • Juan del Álamo: ovación con saludos y silencio.
  • Jiménez Fortes: leve petición y pitos.