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jueves, 9 de junio de 2016

Un turista en Venecia, por Chaves Nogales

Hoy os traigo un extracto del libro "La vuelta a Europa en avión", de Manuel Chaves Nogales. Para no perdérselo.

Si yo fuese veneciano, ya una mañana cualquiera que me hubiese levantado de la cama con mal humor, me habría ido a la plaza de San Marcos y, cogiendo por las solapas al primer imbécil de turista que me encontrase echándole de comer a las palomas, le hubiese hablado así:

“Caballero, esto que hace usted es indigno. ¿No le remuerde la conciencia? ¿No se avergüenza de estar aquí con ese aire estúpido extasiado ante la fachada de San Marcos o embobado con el Campanile? ¿Cree usted que esto es serio? ¡Venir aquí a repetir los mismos tópicos admirativos que han repetido ya todos los millones de turistas del mundo, a decir una vez y otra que todo es «interesante», «muy interesante», y a creerse de veras que su alma de cántaro se ha conmovido en presencia de las grandes obras de arte cuando hay en el mundo tantas cosas ciertas y serias que ver, que admirar y que sentir! ¿No comprende usted el daño que hace con su estúpida superstición?
Mire usted, señor: yo soy veneciano, tengo esta desgracia. A mis antepasados se les ocurrió hacer esta ciudad insensata en una laguna. Pero, en fin, ellos sabrían por qué. Tal vez tuviesen sus razones. No; yo no les culpo a ellos. Después de todo, lo hicieron bien; ésta es la verdad. Lo intolerable, lo dramático, es que yo tenga que pagar las consecuencias. Es decir, que me las haga usted pagar a mí.
No, no se escandalice; usted tiene la culpa. Aquí no se puede vivir; esto es una verdadera porquería. Estos maravillosos canales que emocionan a las criaturas de temperamento poético son unas verdaderas letrinas. ¿Pero es que no tiene usted narices? Huela usted, hombre; huela usted. En esta maravillosa ciudad de Venecia que emociona hasta el desmayo a las damitas inglesas y a los tenderos alemanes, nos morimos de fiebre palúdica, de tifus, de disentería. ¡Y ni siquiera se nos otorga el consuelo de figurar en las estadísticas, porque como ésta es una ciudad de turismo, no se les puede espantar a ustedes! ¿No ha sentido usted por la noche los mosquitos, esos terribles mosquitos venecianos que nos tienen comidos, que nos alancean y nos inyectan todos los gérmenes patógenos conocidos y por conocer?
Usted, señor turista, vive en una ciudad razonable que le permite a usted cruzarla de punta a punta en unos minutos gracias al metro, los autobuses o los tranvías. Esta ciudad donde usted vive tiene un crecimiento normal, está rodeada de campos que, merced a su industria, usted va ganando y transformando en riqueza urbana, de la cual se queda usted con una buena porción en el bolsillo. ¿No es eso? Pues bien, señor; nosotros no tenemos aquí campo alguno para el desarrollo de nuestra actividad, ni siquiera manera hábil de ser activos. ¿Cree usted que es posible ir a hacer negocios, a asistir a la oficina, luchar, ser hombre diligente y rápido en la acción cuando para moverse tiene uno que acompasar el ritmo de su vida al ritmo que lleva el remo de su gondolero?
Se entusiasma usted con el brillo de los ojos de nuestras mujeres y no ve que ese brillo es el de la fiebre, el de las tercianas que suelen tener. Su esposa de usted, señor turista, sale de paseo por los bulevares para esparcirse y tonificar sus nervios en el Tiergarten, el Bosque de Bolonia o el Retiro; la mía, caballero, tiene que quedarse encerrada en casa luchando con los mosquitos y con el mal olor, con un humor de perros, neurasténica, más loca que una cabra. Usted tiene unos niños que corretean por los jardines y los parques municipales de su ciudad; yo tengo a mis hijos, amarillos y tristes encerrados en el pozo de piedra de un patio interior. Usted puede irse a las afueras de su ciudad, llamar a Le Corbusier y hacerse la casa que se le antoje y en el sitio que le plazca. Aquí, todas las casas que era posible hacer, están hechas. Yo tengo que vivir en las habitaciones de mi bisabuelo, asomarme a los huecos que le plugo hacer en su casa a mi bisabuelo y tener un salón decorado según el gusto de mi bisabuelo. Porque ¡qué crimen no sería derribar uno de esos palacios maravillosos e incómodos para levantar en su solar una casa, vulgar y confortable!
No me interrumpa, no; ya sé lo que va usted a decir, que usted no tiene la culpa. Sí, señor; la tiene usted. Pues si no fuera por ustedes los turistas, ¿viviríamos nosotros aquí? No; si no fuese por la codicia que despierta vuestro dinero, esta poética y maravillosa ciudad estaría desierta. Los venecianos se hubieran ido a ganarse la vida honradamente por ahí, viviendo de una manera razonable. Son ustedes con sus propinas, con sus gastos de hotel y sus compras de reproducciones y de chucherías, los que nos amarran a esta vida miserable de mendigos disimulados, de cicerones, de camareros. ¿No cree usted que ese mozo veneciano que va empujando cansadamente el remo mientras usted aprisiona el talle de una madamita sentimental a lo largo de los canales podía ganarse la vida de una manera más fácil y más limpia?
Váyase, señor turista, váyase. Dejemos esto convertido en un museo o en una especie de relicario aislado de la vida contemporánea por una especie de vitrina espiritual. Ni usted ni nosotros tenemos nada que hacer aquí. Nosotros, porque en el mundo moderno hay otras maneras más dignas y eficaces de ganarse la vida. Usted, porque —ahora en confianza— maldita la emoción estética que esto le produce. Seamos sinceros. A usted, señor fabricante de Chicago o comerciante de París, le traen completamente sin cuidado las preocupaciones espirituales. Usted tiene muchas cosas que hacer, está absorbido por muchas preocupaciones materiales. ¿Verdad que le traen completamente sin cuidado las maravillas arquitectónicas de la catedral y la colección de lienzos del palacio de los Dux? Dejemos eso del arte para unos cuantos insensatos que no tienen dinero para venir a Venecia, y hablemos claro. Viene usted aquí únicamente para poder algún día tomar la palabra en su club y decir: «Una noche en Venecia paseábamos por el gran canal…». ¿No es eso? Pues no sea usted tonto. Porque diga eso ya nadie le tendrá por más culto, ni por más espiritual, ni por más sensible. Ya no se engaña a nadie con esas cosas. Quédese, pues, en su casa, nos hará usted un gran favor”.

Esto le diría, y después, si no se iba, le echaría una mano al pescuezo, le arrancaría a viva fuerza la cartera repleta de libras o dólares y le arrojaría al gran canal. A ver si así se curaba de su estupidez.

martes, 15 de marzo de 2016

El discurso de Marco Antonio

Hoy es el día. Hoy murió César. Y Shakespeare lo llevó al teatro en su Julio César. La obra empieza en el momento decisivo de la Historia, cuando Julio César, en su camino al circo para ver unos festejos, es avisado por un visionario con la siguiente, y desde entonces, famosa frase: “¡Cuídate de los Idus de marzo!“

Es el tercer monólogo  al que hago referencia en el título de la entrada. Es el segundo monólogo de Marco Antonio, en respuesta a uno pronunciado por Bruto, uno de los ejecutores de César. Marco Antonio sale a escena con el cuerpo inerte de César y lo deja a los pies del pueblo romano que acaba de escuchar a Bruto. Se ha comprometido a que si le dejan hablar en el funeral de César no dirá nada en contra de los asesinos. Comienza el discurso, el pueblo romano, las gentes de Roma están en su contra, en contra del César. Y Marco Antonio conseguirá darle la vuelta a la tortilla.

Aquí os dejo íntegro el discurso de Marco Antonio a los pies del Capitolio.

"¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! ¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle! El mal que hacen los hombres perdura sobre su memoria. Frecuentemente el bien queda sepultado con sus huesos. ¡Sea así con César! El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si lo fue, era la suya una falta grave, y gravemente la ha pagado. Con la venia de Bruto y los demás, pues Bruto es un hombre honrado, como son todos ellos, hombres todos honrados, vengo a hablar en el funeral de César. Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía eso ambición en César? Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La ambición debería ser de una sustancia más dura! No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado. Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto ambición? No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y, ciertamente, es un hombre honrado. No hablo para desaprobar lo que Bruto habló. Pero estoy aquí para decir lo que sé. Todos le amasteis alguna vez, y no sin causa. ¿Qué razón, entonces, os detiene ahora para no llevarle luto? ¡Oh raciocinio! Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los hombres han perdido la razón… ¡Perdonadme un momento! Mi corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que torne a mí."

(Los ciudadanos hablan entre sí dando la razón a Antonio).

"Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido prevalecer contra el universo. Ahora yace ahí, y nadie hay tan humilde que le reverencie. ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera a vuestras mentes y corazones, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres honrados. ¡No quiero ser injusto con ellos! Prefiero serlo con el muerto, conmigo y con vosotros, antes que con esos hombres tan honrados. Pero he aquí un pergamino con el sello de César. Lo hallé en su gabinete, y en su testamento ¡Oiga el pueblo ésta su [última] voluntad (aunque con vuestro permiso, no me propongo leerlo), e irá a besar las heridas de César muerto y a empapar sus pañuelos en su sagrada sangre! ¡Sí! ¡Reclamará un cabello suyo como reliquia y, al morir, lo transmitirá por testamento como un rico legado a su posteridad! "

(Los ciudadanos exigen conocer el testamento de César).

"¡Sed pacientes, amables amigos! ¡No debo leerlo! No es conveniente que sepáis hasta qué extremo os amó César. Pues siendo hombres, al oír el testamento de César os enfureceríais llenos de desesperación. Así, no es bueno haceros saber que os instituye sus herederos, pues, si lo supierais, ¡Oh! ¿Qué no habría de acontecer?"

(Más voces exigiendo la lectura del testamento).

"¿Tendréis paciencia? ¿Permaneceréis un momento en calma? He ido demasiado lejos en deciros esto. Temo agraviar a los honrados hombres cuyos puñales traspasaron a César. ¡Lo temo!"

(Siguen las exigencias de los ciudadanos).

"¿Queréis obligarme, entonces, a leer el testamento? Pues bien, formar círculo en torno al cadáver de César y dejadme mostraros al que hizo el testamento. ¿Descenderé? ¿Me dais vuestro permiso?"

(Baja de la tribuna y se sitúa junto al catafalco con los despojos de César).

"Si tenéis lágrimas, disponeos ahora a verterlas. ¡Todos conocéis este manto! Recuerdo cuando César lo estrenó. Era una tarde de estío, en su tienda, el día que venció a los nervios. ¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio! ¡Ved qué brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le hirió su muy amado Bruto! ¡Y al retirar su maldecido acero, observad cómo la sangre de César parece haberse lanzado en pos de él, como para asegurarse de si era o no Bruto el que tan inhumanamente abría la puerta! Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César. ¡Juzgad, oh dioses, con qué ternura le amaba César! Ese fue el golpe más cruel de todos, pues cuando el noble César vio que él también le hería, la ingratitud, más potente que los brazos de los traidores, lo anonadó completamente. Entonces estalló su poderoso corazón y, cubriéndose el rostro con el manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo que se inundó chorreando sangre… ¡Oh, qué caída, compatriotas! En aquel momento, yo y vosotros y todos, caímos, y la traición sangrienta triunfó sobre nosotros. Oh, ahora lloráis, y percibo sentir en vosotros la impresión de la piedad. Esas lágrimas son generosas ¡Almas compasivas! ¿Por qué lloráis, cuando aún no sabéis visto más que la desgarrada vestidura de César? ¡Mirad aquí! ¡Aquí está él mismo, desfigurado, como veis, por los traidores! "

(Los ciudadanos claman venganza).

"Buenos amigos, apreciables amigos, no os excite yo con esa repentina explosión de tumulto. Los que han consumado esta acción son hombres dignos. ¿Qué secretos agravios tenían para hacerlo? ¡Ay, lo ignoro! Ellos son sensatos y honorables, y no dudo que os darán razones. ¡Yo no vengo, amigos, a concitar vuestras pasiones! Yo no soy orador como Bruto, sino como todos sabéis, un hombre franco y sencillo, que amaba a su amigo, y esto lo saben bien los que públicamente me dieron licencia para hablar de él. Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria, que enardece la sangre de los hombres. Hablo llanamente y no os digo sino lo que todos conocéis. Os muestro las heridas del bondadoso César, pobres, pobres bocas mudas, y les pido que ellas hablen por mí. Pues si yo fuera Bruto y Bruto Antonio, ese Antonio exasperaría vuestras almas y pondría una lengua en cada herida de César capaz de conmover y levantar en motín las piedras de Roma. "

(El público quiere oír el testamento).

"Aquí está, y con el sello de César. A cada ciudadano de Roma, a cada hombre, individualmente, lega setenta y cinco dracmas."

(Voces de satisfacción)

"Os lega, además, todos sus paseos, sus quintas particulares y sus jardines recién plantados a este lado del Tíber. Los deja a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos como parques públicos para que os paseéis y recreéis ¡Este era un César! ¿Cuándo tendréis otro semejante?"

(Los ciudadanos deciden incinerar allí mismo el cadáver de César y, con esas llamas, prender antorchas para incendiar las casas de los traidores).

"¡Ahora prosiga la obra! ¡Maldad, ya estás en pie! ¡Toma el curso que quieras!"




Y para acabar, este discurso en boca del actor más grande de la Historia: Marlon Brando.



Versión en castellano

Versión en inglés (VO)

lunes, 26 de octubre de 2015

Loa a la diversidad del Toreo, de Gerardo Diego

  


Juntemos esta vez Historia, Literatura y Toros.

Le toca el turno a Gerardo Diego, poeta santanderino de la Generación del 27, premio Cervantes en el año 1979.




Cuando hablamos de poetas que han loado a la Fiesta prácticamente nos reducimos a Lorca, a Lorca y también a Lorca. ¿Por qué ignoramos a otros, entre los que se incluye a Gerardo Diego? Pues, en mi opinión, las razones son políticas. Que apoyara a la sublevación del 18 de julio de 1936 no le ha beneficiado. Y nosotros, aficionados a la Literatura, a la Historia y a los Toros nos hemos perdido históricamente una producción literaria riquísima en materia taurómaca.


Es en una antología editada por la Editorial Pretextos en el año 1996 bajo el título "Poesías y Prosas Taurinas" donde nos encontramos toda la producción taurina del poeta. Imprescindible en cualquier biblioteca. Y no necesariamente se debe ser aficionado al Toro para leer literatura taurina(o poesía como en este caso), simplemente tener unas inquietudes culturales más allá de Telecinco. Obviar la importancia del Toro en las producciones artísticas de los mayores genios españoles es obviar parte de la Historia de España y de sus raíces tanto sociales como culturales.
Pero no nos vayamos del tema, que este post no es una defensa como tal de la Fiesta, aunque en el fondo subyazca este tema. Es un post para defender la Diversidad en la fiestas de los Toros, en lo que creo firmemente como camino y fin para la emoción que deberíamos encontrar en las plazas de toros.



Nosotros vamos a ir, pues, un paso más allá en nuestro análisis. Y vamos a ir un paso más allá uniendo los versos del poeta santanderino con esta defensa que ya he citado: la diversidad en los Toros, presente en su Loa a la diversidad del Toreo dentro de su obra La suerte o la muerte, de 1963. Como podrán observar a lo largo del poema, el autor es un aficionado con conocimiento de causa. No es el típico poeta o intelectual seducido por tal o por cual torero. Es un autor que sabe de la Historia de la Fiesta, que indaga y que conoce al animal, imprescindible para ser aficionado a este ritual que hunde sus raíces en la profundidad de nuestro ser mediterráneo.

Y, como en posts anteriores, démosle la palabra y que él escriba por nosotros:



Loa a la diversidad del Toreo



Canto la diversidad,
que es la sirena del mundo.
Diversidad es verdad
y yo en la verdad me fundo.

Canto el nervio y el trapío,
 la cuna ancha y la veleta,
la codicia, el poderío
y la fiereza indiscreta.

Canto las capas, los pelos,
los colores y caprichos,
 las herencias y los celos y
remiendos de los bichos.

Los sardos, los chorreados,
castaños y jaboneros,
los berrendos, salpicados,
jirones y botineros.

El cárdeno que reviste
dudosa sobrepelliz
y el colorado que embiste,
rojo el cerco de perdiz.

Y el blanco de tan buen juego
 que nadó y guardó la ropa
cuando —navío de fuego—
llevaba en el lomo a Europa.

Canto el toreo campestre
 y la égloga en la ladera,
la dehesa, y el ecuestre
derribo por la ribera.

El herradero que huele
a cuero quemado al rojo,
 la tienta que tienta y duele
 y el retozar del añojo.

Canto el cortijo en invierno
 las largas noches heladas
y el sol primerizo y tierno
 con las frescas galopadas.

Canto el ganado en el cerro
y el albur del apartado,
la procesión del encierro
 y el traidor encajonado.

Canto la lidia completa
con sus tres tercios cumplidos,
la diana y la retreta,
la feria y sus alaridos.

Salgan toros y más toros,
naipes varios y diversos,
bastos, espadas y oros.
Pinten toros, jueguen versos.

El corretón, el abanto,
el tardo, el quedado, el pronto,
el pastueño como un santo,
el veragüeño hecho un tonto.

Salga el toro que puntea
 y el que mosquea y escarba
 y el que duda y gazapea
 y el que busca oro en la parva.

El que en las tablas remata,
el huido, el polvorilla, 
el que rompe y desbarata 
y hace andar de coronilla.

Quiero exaltar la pelea
 del duro como una roca 
que al caballo romanea 
y no quiere abrir la boca.

Gloria a aquel que se encampana 
y al de tan nervioso celo 
que la vuelta de campana 
da, los cuernos en el suelo.

Hasta el manso de carreta 
me gusta ver en la plaza 
cuando el que peina coleta 
es un maestro de raza.

Y —oh palabra— al burriciego
 —bizco, cegato o miope—
al que hay que gritarle en griego
 para que embista o que tope.

Y al cuellilargo miura 
que convida al harakiri 
y al chico, de raza pura, 
bravísimo carriquiri.

Canto las suertes arcaicas
 del abolengo navarro, 
las majezas pirenaicas,
 la capea desde el carro.

La estatua de Don Tancredo 
que el ciclón no bambolea, 
rey del denuedo y del miedo 
cuando el zorro le olfatea.

El golpe a topacarnero 
en que el valor se derrocha 
y —alas para qué os quiero—
el salto de la garrocha.

La cadena haciendo eses 
en la pega de forcados, 
los rejones portugueses 
en huracán galopados.

Los recortes de salida, 
capote al brazo —ay, Reverte—
y el farol, flor ofrecida 
al hachazo de la muerte.

Las del peón de confianza
 contra el toro buscapiés
 largas templando pujanza 
hasta colocarlo al bies,

y las otras del espada
sacando el quite a una mano 
y dejando perfumada
 la larga azul del habano.

El quiebro, pies en montera, 
clavando un par de las cortas, 
burlas, giros de cadera 
y otro par como unas tortas.

Y los desplantes felices
 de arrebato y de salero.
 (Muchacho, no flamenquices 
si no naciste torero.)

Me gusta toda la fiesta 
y hasta el torpe descabello, 
cuando la testuz molesta 
de enhiesta y arruga el cuello


La fiesta es larga y se anilla 
como una serpiente boa. 
Diversidad, maravilla
 que se anilla y desanilla: 
para ti canté esta loa.


Palabra de poeta. Palabra de aficionado.

miércoles, 7 de octubre de 2015

La Contrarrevolución Francesa en Victor Hugo

Este post tiene dos protagonistas: la Guerra de la Vendée y Victor Hugo. Abordada por éste en su último libro, "El 93", ofrece una visión de la guerra desde los puntos de vista de los dos bandos contendientes. Mucho más que revolucionarios jacobinos anticlericales contra católicos bretones contrarrevolucionarios. 

"Esa guerra de los ignorantes, tan estúpida y tan espléndida, tan abominable y tan magnífica, desoló y enorgulleció a la Francia. La Vendée fue una llaga gloriosa". Conozcamos las razones profundas de una y otra ideología. 
La elección de tratar en este post de la Contrarrevolución es por un motivo claro: más o menos, a todos nos han explicado los porqués de la Revolución Francesa. Si todo eran avances, ¿por qué un grupo ,en un territorio tan alejado de París como la Vendée, se resistió? 
Para comprender la Contrarrevolución, la mejor explicación la ofrece la prosa del escritor francés, cuyo padre participó en la contienda.



(Si alguien lo desea, el libro se encuentra disponible en: https://archive.org/details/noventaytres00hugo )

La Vendée fue la guerra de la idea local enfrentándose a la idea universal. No fue una lucha contra la República, fue una lucha contra un centralismo que no admite el pueblo bretón.

Si alguien busca comprender el nacionalismo bretón de la actualidad, que busque en el pasado. Allí siempre está la solución.

Y para que podamos entender que España no es una singularidad histórica.