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miércoles, 27 de julio de 2016

Los estatutos de La Bohème de Puccini

Aprovechando el verano y una de esas noches en las que los ojos lo único que ven es techo, tropecé con un programa en la Cadena SER sobre ópera. Play Ópera, para más señas.

Sonaba La Bohème, de Puccini. Total, que al día siguiente me puse a mirar un poco más sobre el autor. Et voilá, sorpresa sorpresa.


Resulta que cuando Puccini vivía en París, en ese París de la bohemia de finales del siglo XIX, creó un club donde, básicamente, se jugaba, se comía y se bebía (es decir, se vivía) con un estatutos la mar de peculiares. Allí, el autor era el presidente y dejó plasmados estos principios fundadores del club:

  1. Los socios del club "La bohéme", fieles intérpretes del espíritu de la fundación del club, juran beber bien y comer mejor.
  2. Los cascarrabias, débiles de estómago, pobres de espíritu, rezongones y demás desgraciados de este género, no están admitidos y los miembros del club procederán a echarlos furiosamente.
  3. El presidente cumplirá las funciones de árbitro y se encargará de obstaculizar la labor del tesorero destinada al cobro de las cuotas.
  4. El tesorero está facultado para huir llevándose la caja.
  5. El local estará iluminado con lámparas de petróleo. En caso de falta de combustible, se utilizarán los mocos de los socios. 
  6. Está completamente prohibido todo juego legal.
  7. Está prohibido el silencio.
  8. No se aceptará la prudencia ni siquiera en casos excepcionales.

Como para no apuntarse.

lunes, 2 de mayo de 2016

El Honor de los presos del 2 de mayo

Acabo de releer el libro "Un día de cólera", de Arturo Pérez-Reverte, y desde aquí os lo recomiendo. Un libro y un autor que, personalmente, les tengo en estima por estar siempre a las duras y a las maduras. Filias y fobias aparte.

La historia de esta entrada la he leído en ese libro y en un artículo del autor publicado en el XL Semanal.

Esta es la historia de unos hombres con un valor que actualmente está en franca decadencia: el Honor. La Palabra de Honor.

El 2 de Mayo de 1808, una vez levantado el pueblo de la Villa y Corte contra los invasores franceses, los presos de la Cárcel Real, situada en la Plaza de la Provincia, muy cerca de la Plaza Mayor, pidieron que les dejaran salir a luchar, comprometiéndose a volver después de la lucha al penal. 


La petición fue entregada por Francisco Xavier Cayón, preso en la cárcel, y estaba suscrita por todos sus compañeros de presidio. Esta decía: «Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros».

Sopesando la situación fuera de la prisión y la que se podría armar dentro, los responsables dejaron salir a los presos que habían comprometido su palabra en volver.

Y así fue que, de 94 presos que estaban entre rejas, 56 salieron a combatir. Uno murió y otro puso pies en polvorosa. 2 desaparecidos y dados por muertos. 51 de 56 regresaron. Es decir, de 56 que salieron a combatir, sólo uno aprovechó la situación para decir: "pies, para qué os quiero". Honor.

La gran mayoría de ellos se encaminaron hacia la Plaza Mayor, donde lograron conquistar un cañón francés y lo dirigieron contra la infantería francesa que avanzaba hacia ellos por la calle de los Consejos.





¿Por qué pidieron salir? De nuevo la respuesta creo que es el Honor. Imagínense que ustedes, encerrados entre rejas, escuchan a través de un ventanuco minúsculo, situado a más de dos metros de altura, gritos, juramentos, lamentos, gritos y sollozos. Mi familia, pensarán. Qué estará pasando con mi familia. No puedo estar aquí. He de salir a matar o a morir. Y allá que te fueron. No es lo mismo combatir en tierra extranjera que teniendo a tu espalda a tu mujer, hijos y demás familia. Eso es un plus en cualquier conflicto. La defensa a la desesperada.

La verdad es que tiene su cierta lógica dejar que unos presos salgan a combatir. No es algo pensado como “de perdidos al río” por parte de las autoridades de la cárcel. En absoluto. La sublevación de Madrid y la Guerra de la Independencia en general normaliza un estilo de guerra que será típicamente español: la guerra de guerrillas. Y en ese ambiente de navajazo, degüello y ataques rápidos aprovechándose del terreno, ¿quién mejor que un preso de la capital? Las autoridades creyeron que nadie mejor que ellos.

Pónganse en su lugar. Pónganse en el lugar de estos héroes olvidados. Salen a morir motu proprio desde una cárcel en el siglo XIX y prometen regresar si aún siguen con vida. Y regresan. 

El Honor.






martes, 15 de marzo de 2016

El discurso de Marco Antonio

Hoy es el día. Hoy murió César. Y Shakespeare lo llevó al teatro en su Julio César. La obra empieza en el momento decisivo de la Historia, cuando Julio César, en su camino al circo para ver unos festejos, es avisado por un visionario con la siguiente, y desde entonces, famosa frase: “¡Cuídate de los Idus de marzo!“

Es el tercer monólogo  al que hago referencia en el título de la entrada. Es el segundo monólogo de Marco Antonio, en respuesta a uno pronunciado por Bruto, uno de los ejecutores de César. Marco Antonio sale a escena con el cuerpo inerte de César y lo deja a los pies del pueblo romano que acaba de escuchar a Bruto. Se ha comprometido a que si le dejan hablar en el funeral de César no dirá nada en contra de los asesinos. Comienza el discurso, el pueblo romano, las gentes de Roma están en su contra, en contra del César. Y Marco Antonio conseguirá darle la vuelta a la tortilla.

Aquí os dejo íntegro el discurso de Marco Antonio a los pies del Capitolio.

"¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! ¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle! El mal que hacen los hombres perdura sobre su memoria. Frecuentemente el bien queda sepultado con sus huesos. ¡Sea así con César! El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si lo fue, era la suya una falta grave, y gravemente la ha pagado. Con la venia de Bruto y los demás, pues Bruto es un hombre honrado, como son todos ellos, hombres todos honrados, vengo a hablar en el funeral de César. Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía eso ambición en César? Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La ambición debería ser de una sustancia más dura! No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado. Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto ambición? No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y, ciertamente, es un hombre honrado. No hablo para desaprobar lo que Bruto habló. Pero estoy aquí para decir lo que sé. Todos le amasteis alguna vez, y no sin causa. ¿Qué razón, entonces, os detiene ahora para no llevarle luto? ¡Oh raciocinio! Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los hombres han perdido la razón… ¡Perdonadme un momento! Mi corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que torne a mí."

(Los ciudadanos hablan entre sí dando la razón a Antonio).

"Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido prevalecer contra el universo. Ahora yace ahí, y nadie hay tan humilde que le reverencie. ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera a vuestras mentes y corazones, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres honrados. ¡No quiero ser injusto con ellos! Prefiero serlo con el muerto, conmigo y con vosotros, antes que con esos hombres tan honrados. Pero he aquí un pergamino con el sello de César. Lo hallé en su gabinete, y en su testamento ¡Oiga el pueblo ésta su [última] voluntad (aunque con vuestro permiso, no me propongo leerlo), e irá a besar las heridas de César muerto y a empapar sus pañuelos en su sagrada sangre! ¡Sí! ¡Reclamará un cabello suyo como reliquia y, al morir, lo transmitirá por testamento como un rico legado a su posteridad! "

(Los ciudadanos exigen conocer el testamento de César).

"¡Sed pacientes, amables amigos! ¡No debo leerlo! No es conveniente que sepáis hasta qué extremo os amó César. Pues siendo hombres, al oír el testamento de César os enfureceríais llenos de desesperación. Así, no es bueno haceros saber que os instituye sus herederos, pues, si lo supierais, ¡Oh! ¿Qué no habría de acontecer?"

(Más voces exigiendo la lectura del testamento).

"¿Tendréis paciencia? ¿Permaneceréis un momento en calma? He ido demasiado lejos en deciros esto. Temo agraviar a los honrados hombres cuyos puñales traspasaron a César. ¡Lo temo!"

(Siguen las exigencias de los ciudadanos).

"¿Queréis obligarme, entonces, a leer el testamento? Pues bien, formar círculo en torno al cadáver de César y dejadme mostraros al que hizo el testamento. ¿Descenderé? ¿Me dais vuestro permiso?"

(Baja de la tribuna y se sitúa junto al catafalco con los despojos de César).

"Si tenéis lágrimas, disponeos ahora a verterlas. ¡Todos conocéis este manto! Recuerdo cuando César lo estrenó. Era una tarde de estío, en su tienda, el día que venció a los nervios. ¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio! ¡Ved qué brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le hirió su muy amado Bruto! ¡Y al retirar su maldecido acero, observad cómo la sangre de César parece haberse lanzado en pos de él, como para asegurarse de si era o no Bruto el que tan inhumanamente abría la puerta! Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César. ¡Juzgad, oh dioses, con qué ternura le amaba César! Ese fue el golpe más cruel de todos, pues cuando el noble César vio que él también le hería, la ingratitud, más potente que los brazos de los traidores, lo anonadó completamente. Entonces estalló su poderoso corazón y, cubriéndose el rostro con el manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo que se inundó chorreando sangre… ¡Oh, qué caída, compatriotas! En aquel momento, yo y vosotros y todos, caímos, y la traición sangrienta triunfó sobre nosotros. Oh, ahora lloráis, y percibo sentir en vosotros la impresión de la piedad. Esas lágrimas son generosas ¡Almas compasivas! ¿Por qué lloráis, cuando aún no sabéis visto más que la desgarrada vestidura de César? ¡Mirad aquí! ¡Aquí está él mismo, desfigurado, como veis, por los traidores! "

(Los ciudadanos claman venganza).

"Buenos amigos, apreciables amigos, no os excite yo con esa repentina explosión de tumulto. Los que han consumado esta acción son hombres dignos. ¿Qué secretos agravios tenían para hacerlo? ¡Ay, lo ignoro! Ellos son sensatos y honorables, y no dudo que os darán razones. ¡Yo no vengo, amigos, a concitar vuestras pasiones! Yo no soy orador como Bruto, sino como todos sabéis, un hombre franco y sencillo, que amaba a su amigo, y esto lo saben bien los que públicamente me dieron licencia para hablar de él. Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria, que enardece la sangre de los hombres. Hablo llanamente y no os digo sino lo que todos conocéis. Os muestro las heridas del bondadoso César, pobres, pobres bocas mudas, y les pido que ellas hablen por mí. Pues si yo fuera Bruto y Bruto Antonio, ese Antonio exasperaría vuestras almas y pondría una lengua en cada herida de César capaz de conmover y levantar en motín las piedras de Roma. "

(El público quiere oír el testamento).

"Aquí está, y con el sello de César. A cada ciudadano de Roma, a cada hombre, individualmente, lega setenta y cinco dracmas."

(Voces de satisfacción)

"Os lega, además, todos sus paseos, sus quintas particulares y sus jardines recién plantados a este lado del Tíber. Los deja a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos como parques públicos para que os paseéis y recreéis ¡Este era un César! ¿Cuándo tendréis otro semejante?"

(Los ciudadanos deciden incinerar allí mismo el cadáver de César y, con esas llamas, prender antorchas para incendiar las casas de los traidores).

"¡Ahora prosiga la obra! ¡Maldad, ya estás en pie! ¡Toma el curso que quieras!"




Y para acabar, este discurso en boca del actor más grande de la Historia: Marlon Brando.



Versión en castellano

Versión en inglés (VO)

viernes, 19 de febrero de 2016

El Partido de la Muerte

Siempre dicen que la realidad supera con creces a la ficción. Y es absolutamente cierto.
Vamos a remontarnos a 1942. Europa se encuentra en ese avispero de sangre, sudor y lágrimas que fue la Segunda Guerra Mundial. Y en medio del horror, un grupo de hombres valientes.

Kiev, 1942, durante la ocupación nazi.
El origen de la historia nace en una panadería, propiedad de un hombre llamado Kordik, un aficionado del Dinamo de origen alemán que curiosamente dio trabajo como limpiador a Trusevich, el portero de su equipo, condenado a la indigencia tras la ocupación de la capital de Ucrania.
A Kordik entusiasta del fútbol, se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol de la panadería, y obviamente con el agrado del jugador-trabajador, allá por la primavera de 1942, Trusevych empezó a buscar por Kiev a su antiguos compañeros de equipo para “resucitar” al Dinamo. El primero que encontró fue Makar Goncharenko.
Una vez reunidos se creó el FC Start,  formado finalmente por antiguos jugadores del Dinamo de Kiev y del Lokomotiv. Tras cosechar algunas victorias contra equipos del país, diezmados por la guerra, el nuevo conjunto fue puesto en el punto de mira de los equipos formados por las fuerzas invasoras alemanas.
La Luftwaffe (la fuerza aérea dirigida por Göring. Por cierto, alumno más aventajado del archifamoso Barón Rojo) y las SS,  que con aires de superioridad les retaron a un partido. 
El 6 de agosto, el Start cumplió en el campo, lejos de amedrentarse y se ensañó también con el Flakelf, conjunto formado por militares alemanes, derrotándolo por 5-1.El deporte era uno de los ejes decisivos de la ideología nazi. Tanto es así que en 1936, cuando Noruega derrotó a Alemania en las Olimpiadas de Berlín, Goebbels escribió en su diario: “100.000 personas abandonaron el estadio deprimidas. Ganar un partido puede ser más importante que conquistar algún pueblo en el este”.
Justo antes del encuentro, el 28 de julio, Stalin promulgó la Orden 227, que se resumía en cuatro palabras: “Ni un paso atrás”. La tensión por tanto aumentaba en Kiev cuando el Start enfrentó a un equipo alemán y encima lo derroto.
La orden de matar a todos los jugadores rápidamente llegó desde Berlín. Pero los oficiales sabían que sólo matarlos no tendría ningún efecto. Peor aún, podrían crear mártires innecesarios, además de dejar la imagen en la población de jugadores ganadores que lucharon contra el nazismo. Decidieron organizar una revancha el mismo 9 de agosto. Ser derrotado no entraba dentro de los planes de Hitler. Un partido de fútbol, una guerra a pequeña escala.
El segundo partido se celebró esta vez en condiciones, más aun si cabe, adversas para los del Start. El árbitro era miembro y oficial de las SS y el equipo alemán recibió refuerzos. No debemos olvidar, además, que los miembros del Start eran presos y no estaban en las mejores condiciones alimentarias ni de salud.
Antes del partido, el árbitro visitó a los ucranianos y pidió que al salir a la cancha hicieran el saludo nazi. Sobrevino una polémica que dio lugar a una discrepancia. Así fue como, cuando el Flakelf gritó “Heil Hitler!”, de forma espontánea, los jugadores del equipo del panadero exclamaron: “FizcultHura!” (“¡Viva el deporte!”, lema de los equipos soviéticos). 

Como era de prever, el árbitro toleró el juego rudo de los alemanes haciendo caso omiso a las faltas del equipo Flakelf. Aun así, la calidad era la calidad, y el primer tiempo terminó 3-1 a favor del Start. Durante el descanso, un oficial les advirtió de las consecuencias de ganar. Esta vez la unanimidad en el vestuario fue instantánea
La segunda mitad continuó con la misma dinámica. Con un marcador de 5-3 fue cuando aconteció la “gran” jugada del “partido de la muerte“. Y no, no fue un gol.

Klimenko, que actuaba de defensa, cogió la pelota y regateó uno tras otro a los jugadores del equipo alemán, hasta la portería, y solo frente a ella sin portero, se giró y de forma desafiante tiró el balón a la grada, donde estaban los altos mandos alemanes viendo el partido. Humillante insulto. Dignidad. Esto provocó que el árbitro pitara el final antes de los 90 minutos reglamentarios.
¿Les suena la historia? Sí, Evasión o Victoria.
Esa segunda derrota fue demasiado para los alemanes, tan llenos de ansia ganadora, que prepararon la venganza en frío. Una semana después, el 16 de agosto, el Start volvió a ser obligado a jugar, de nuevo ante el Rukh, finalizando con victoria por 8-0 para los protagonistas de esta historia.
Tras la conclusión partido, la Gestapo arrestó a varios jugadores del Start, supuestamente por pertenecer a la NKVD, el órgano represor de Stalin, y al Partido Comunista. Bien es cierto que uno de ellos, Mikola Korotkykh, ya había sido detenido antes del partido inicial del 6 de agosto y murió unas semanas después, tras ser torturado.
A falta de pruebas contra los otros jugadores detenidos, fueron enviados al campo de trabajo de Sirets, a las afueras de Kiev, donde fueron separados en diferentes grupos y donde los tres jugadores del Dinamo fueron asignados al equipo encargado de transportar la leña. Sobrevivieron seis meses más y cayeron, probablemente, víctimas de la tensión en el campo de batalla. Klymenko, el portero Trusevich e Ivan Kuzmenko fueron ejecutados en febrero de 1943.

Una historia que aún está presente. A día de hoy, siete décadas después, los poseedores de boletos para el partido del 9 de agosto de 1942 siguen teniendo libre acceso a los partidos del Dinamo. Y en la entrada del Start Stadium, una escultura recuerda a los futbolistas que eligieron ganar antes que vivir. “De la rosa sólo nos queda el nombre”, se puede leer en su epitafio.  Incluso los jugadores del Dinamo, cuando se casan, depositan flores ante el monumento en honor a la memoria de los jugadores muertos.
Por ellos. Por los hombres valientes. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

"La matanza de San Valentín"

"He peleado tantas veces con Sugar Ray, que no sé como no tengo diabetes". Jake LaMotta

Situemos la Historia en el Estados Unidos pos Segunda Guerra Mundial. Concretamente nos vamos a ir Chicago, al 14 de febrero de 1951, día que se conocería en el futuro como el día de  "La matanza de San Valentín". Tercera defensa del título de la categoría media de Jake LaMotta. Sexta vez que se enfrentaban el Toro Salvaje del Bronx de Nueva York y Sugar Ray Robinson, el bailarín de Georgia. La casta del boxeador aupado en sus inicios por la Mafia contra la clase del estudiante frustrado de medicina que sería el futuro espejo de Alí. 

Sugar Ray, campeón de los Welter, había subido de peso para enfrentarse a su adversario, el único que le había podido ganar en sus 123 combates anteriores, y quitarle la corona del peso medio. 

LaMotta era el campeón, y Robinson, el mejor boxeador de la Histora. 

En el pesaje previo al combate, Robinson, tras enseñar sus músculos en el típico show previo, se bebió de un trago un vaso de sangre de toro. ¿Quién dijo miedo?  La pelea fue programa a 15 asaltos, pero ninguno de los dos quería llegar al decimoquinto round. El KO o la derrota.

Noche cerrada en Chicago. Ambos púgiles, con sus preparadores, en la luz chispeante de los vestuarios del Chicago Stadium con los músculos relajados, la mirada tensa y concentrada. A matar o a morir. Era la guerra. Calzón blanco para el negro y calzón negro para el blanco.


Los ojos de Robinson estaban inyectados en sangre. Era un boxeador ambicioso, imparable en el mano a mano, rápido, estilista, vistoso, un espectáculo para los aficionados. Los ojos de LaMotta bebían odio, ese odio que sentía en su interior y que brotaba a través de su famosa izquierda contra las narices de sus oponentes.

La batalla comenzó con 9 asaltos de trámite, si es que un asalto de boxeo puede considerarse un trámite para esos dos héroes que se reparten puñetazos como dos descosidos. Robinson mantenía las distancias con su jab ante el modo fajador de boxear del de Nueva York.  Pero llegó el décimo asalto, donde comenzó la épica. 4 asaltos históricos. 

LaMotta, cansado de esperar la oportunidad para intentar combatir al contraataque, decidió ir al frente con la bayoneta calada. Se metió debajo del cuerpo de Robinson hasta hacer que el campeón besara el suelo. ¿Se iba a dar por vencido el campeón de campeones? En absoluto. Robinson no era un boxeador cualquiera, era el mejor boxeador de la Historia. Los dos púgiles a sus esquinas. El round había concluido. La guerra continuaba.

Robinson salió al ataque desde su esquina cuando sonó el gong que daba inicio al undécimo asalto y se cebó  en el rostro de LaMotta, que comenzó a teñirse de un rojo cobrizo. El gong fue como el toque a rebato de la carga de la Guardia Imperial napoléonica en Austerlitz para contrarrestar el ataque ruso . A la bayoneta calada del neoyorquino respondió el de Georgia también con su bayoneta calada. La paliza fue brutal para Jake. Sin embargo, LaMotta tuvo el combate en sus manos cuando Ray quedó encerrado a su merced en la esquina del ring. No aprovechó la ocasión y sufriría las consecuencias. El que no mata, muere. Robinson comenzó a martillear la cara del boxeador del Bronx. Las mujeres en sus asientos se tapaban la  vista para no ver la paliza que estaba recibiendo el Toro Salvaje. Pero LaMotta era un Hombre. Aguantó en pie los tres minutos del undécimo asalto y en pie se puso para disputar el duodécimo round. La duodécima carga. Morir antes que rendirse.

Robinson siguió castigando la cara del de Nueva York hasta dejarlo desfigurado. LaMotta era un muñeco acostado en las cuerdas recibiendo puñetazos de todo tipo y color. Pero era un Hombre. Lejos de caer, incitaba a Robinson para que siguiera pegándole. "Vamos, Ray, ven aquí, veamos si eres capaz de derribarme, vamos". 3 minutos recibiendo una de las mayores palizas que se recuerdan en la Historia del Boxeo. 

Jake parecía decidido a mantenerse de pie, aunque le costase la vida. A los dos minutos del decimotercer asalto ese parecía ser el único final posible. Una auténtica carnicería que acabó cuando el árbitro paró el combate. Robinson ganó la pelea por nocaut.  

El entrenador y los asistentes del ya ex-campeón le rodearon, pero Jake era un Hombre con un orgullo más grande que su casta. Con un bamboleo propio de un moribundo se acercó hasta el campeón para gritarle "Oye, Ray. ¡No me has derribado! ¡Jamás me vas a derribar!".

El vencedor del combate fue Robinson, pero ambos sabían que habían ofrecido un espectáculo histórico. Tras el combate, Ray alabó a su oponente: "No ha perdido Jake. Este hombre es un gladiador. Yo he ganado, pero él no ha perdido". 

Sugar Ray Robinson apenas podía subir el brazo para celebrar su victoria, a Jake LaMotta le tuvieron encerrado en su vestuario durante hora y media, recibiendo oxígeno y sin permitir que nadie pudiera entrar.

Fue el último combate entre ellos. Jamás volverían a enfrentarse y LaMotta jamás se recuperó mentalmente de la batalla
 campal que se vivió aquella noche del 12 de febrero de 1951 en Chicago. La noche de "La matanza de San Valentín".








lunes, 26 de octubre de 2015

Loa a la diversidad del Toreo, de Gerardo Diego

  


Juntemos esta vez Historia, Literatura y Toros.

Le toca el turno a Gerardo Diego, poeta santanderino de la Generación del 27, premio Cervantes en el año 1979.




Cuando hablamos de poetas que han loado a la Fiesta prácticamente nos reducimos a Lorca, a Lorca y también a Lorca. ¿Por qué ignoramos a otros, entre los que se incluye a Gerardo Diego? Pues, en mi opinión, las razones son políticas. Que apoyara a la sublevación del 18 de julio de 1936 no le ha beneficiado. Y nosotros, aficionados a la Literatura, a la Historia y a los Toros nos hemos perdido históricamente una producción literaria riquísima en materia taurómaca.


Es en una antología editada por la Editorial Pretextos en el año 1996 bajo el título "Poesías y Prosas Taurinas" donde nos encontramos toda la producción taurina del poeta. Imprescindible en cualquier biblioteca. Y no necesariamente se debe ser aficionado al Toro para leer literatura taurina(o poesía como en este caso), simplemente tener unas inquietudes culturales más allá de Telecinco. Obviar la importancia del Toro en las producciones artísticas de los mayores genios españoles es obviar parte de la Historia de España y de sus raíces tanto sociales como culturales.
Pero no nos vayamos del tema, que este post no es una defensa como tal de la Fiesta, aunque en el fondo subyazca este tema. Es un post para defender la Diversidad en la fiestas de los Toros, en lo que creo firmemente como camino y fin para la emoción que deberíamos encontrar en las plazas de toros.



Nosotros vamos a ir, pues, un paso más allá en nuestro análisis. Y vamos a ir un paso más allá uniendo los versos del poeta santanderino con esta defensa que ya he citado: la diversidad en los Toros, presente en su Loa a la diversidad del Toreo dentro de su obra La suerte o la muerte, de 1963. Como podrán observar a lo largo del poema, el autor es un aficionado con conocimiento de causa. No es el típico poeta o intelectual seducido por tal o por cual torero. Es un autor que sabe de la Historia de la Fiesta, que indaga y que conoce al animal, imprescindible para ser aficionado a este ritual que hunde sus raíces en la profundidad de nuestro ser mediterráneo.

Y, como en posts anteriores, démosle la palabra y que él escriba por nosotros:



Loa a la diversidad del Toreo



Canto la diversidad,
que es la sirena del mundo.
Diversidad es verdad
y yo en la verdad me fundo.

Canto el nervio y el trapío,
 la cuna ancha y la veleta,
la codicia, el poderío
y la fiereza indiscreta.

Canto las capas, los pelos,
los colores y caprichos,
 las herencias y los celos y
remiendos de los bichos.

Los sardos, los chorreados,
castaños y jaboneros,
los berrendos, salpicados,
jirones y botineros.

El cárdeno que reviste
dudosa sobrepelliz
y el colorado que embiste,
rojo el cerco de perdiz.

Y el blanco de tan buen juego
 que nadó y guardó la ropa
cuando —navío de fuego—
llevaba en el lomo a Europa.

Canto el toreo campestre
 y la égloga en la ladera,
la dehesa, y el ecuestre
derribo por la ribera.

El herradero que huele
a cuero quemado al rojo,
 la tienta que tienta y duele
 y el retozar del añojo.

Canto el cortijo en invierno
 las largas noches heladas
y el sol primerizo y tierno
 con las frescas galopadas.

Canto el ganado en el cerro
y el albur del apartado,
la procesión del encierro
 y el traidor encajonado.

Canto la lidia completa
con sus tres tercios cumplidos,
la diana y la retreta,
la feria y sus alaridos.

Salgan toros y más toros,
naipes varios y diversos,
bastos, espadas y oros.
Pinten toros, jueguen versos.

El corretón, el abanto,
el tardo, el quedado, el pronto,
el pastueño como un santo,
el veragüeño hecho un tonto.

Salga el toro que puntea
 y el que mosquea y escarba
 y el que duda y gazapea
 y el que busca oro en la parva.

El que en las tablas remata,
el huido, el polvorilla, 
el que rompe y desbarata 
y hace andar de coronilla.

Quiero exaltar la pelea
 del duro como una roca 
que al caballo romanea 
y no quiere abrir la boca.

Gloria a aquel que se encampana 
y al de tan nervioso celo 
que la vuelta de campana 
da, los cuernos en el suelo.

Hasta el manso de carreta 
me gusta ver en la plaza 
cuando el que peina coleta 
es un maestro de raza.

Y —oh palabra— al burriciego
 —bizco, cegato o miope—
al que hay que gritarle en griego
 para que embista o que tope.

Y al cuellilargo miura 
que convida al harakiri 
y al chico, de raza pura, 
bravísimo carriquiri.

Canto las suertes arcaicas
 del abolengo navarro, 
las majezas pirenaicas,
 la capea desde el carro.

La estatua de Don Tancredo 
que el ciclón no bambolea, 
rey del denuedo y del miedo 
cuando el zorro le olfatea.

El golpe a topacarnero 
en que el valor se derrocha 
y —alas para qué os quiero—
el salto de la garrocha.

La cadena haciendo eses 
en la pega de forcados, 
los rejones portugueses 
en huracán galopados.

Los recortes de salida, 
capote al brazo —ay, Reverte—
y el farol, flor ofrecida 
al hachazo de la muerte.

Las del peón de confianza
 contra el toro buscapiés
 largas templando pujanza 
hasta colocarlo al bies,

y las otras del espada
sacando el quite a una mano 
y dejando perfumada
 la larga azul del habano.

El quiebro, pies en montera, 
clavando un par de las cortas, 
burlas, giros de cadera 
y otro par como unas tortas.

Y los desplantes felices
 de arrebato y de salero.
 (Muchacho, no flamenquices 
si no naciste torero.)

Me gusta toda la fiesta 
y hasta el torpe descabello, 
cuando la testuz molesta 
de enhiesta y arruga el cuello


La fiesta es larga y se anilla 
como una serpiente boa. 
Diversidad, maravilla
 que se anilla y desanilla: 
para ti canté esta loa.


Palabra de poeta. Palabra de aficionado.

viernes, 16 de octubre de 2015

Los Roscaderos: la tienta de la bravura en la ribera del Ebro

Juntemos esta vez Historia y Toros. Nos vamos a los conocidos como Festejos Populares.

Nos vamos a mi tierra, la ribera del Ebro. Y nos vamos a una forma de tienta aún vigente en la actualidad aunque con otros fines más lúdicos: los roscaderos, conocida también como "cestos" o "canastos", nombres que también recibe el propio roscadero. De hecho, en gran parte de pueblos ribereños es más común el nombre de cesto. 


No conocemos con seguridad cual es el origen de esta suerte. Sí que se conoce como una tienta típica en la ribera del Ebro, así que me aventuro a asegurar que es coetánea a la ganadería de bravo en esta zona. 




"Semanario Pintoresco Español" en 1.840.

El roscadero propiamente dicho es un cesto de mimbre muy parecido a los utilizados en la vendimia al que se le coloca alrededor de la boca un suplemento del mismo material, de unos 25 centímetros, formando de esta manera la campana del roscadero. En el centro o cuerpo del roscadero se colocan una o dos estacas transversales, normalmente de madera de olmo debido a su gran resistencia, las cuales sirven para que la cuadrilla agarre el roscadero y como tope a las entradas de la vaca. A los extremos de estas estacas se les conoce como púas o pugas. Para proteger las manos de los mozos se suele adherir al mimbre del cesto unas planchas de plástico para impedir que, cuando el pitón atraviesa el mimbre, hiera a los roscaderistas.


                                       
                                                                                  Foto extraída de: www.festejospopulares.net




La cuadrilla de roscadero la componen cuatro personas. La forma de agarrar el roscadero es similar para todas las cuadrillas. Un mozo agarra la primera púa y se encarama el roscadero en su cuerpo. Dos más agarran desde los lados esta púa delantera. La cuadrilla se completa con un cuarto componente que se sitúa detrás de todos ellos y se agarra al roscadero gracias a la segunda traviesa. A éste último le agarran a su vez los otros tres roscaderistas. 





Cuadrilla de Rivas. Pilares 2004. Foto de: http://www.juanb.com/roscaderos%20pag/roscaderos16.html



La técnica del roscadero es complicada de explicar, y más aún realizarla. Partamos de la manera de colocarse en la plaza en los concursos. Con dos círculos concéntricos pintados en la arena, la cuadrilla se sitúa en los medios. La vaca debe entrar al roscadero y la cuadrilla debe evitar salir del círculo pintado en el que están metidos. Para citar al animal, los cuatro componentes avanzan al unísono, citando a la vaca moviendo el roscadero y llamándola con la voz. Cuando se produce el encuentro entre la vaca y el roscadero la cuadrilla ha de procurar que el cesto esté situado lo más abajo posible, para poder al animal por bajo, como si de un picador se tratase. 


En los últimos años se ha añadido la figura del recortador en los concursos, que ayuda a la vaca a entrar y salir del roscadero.


Que es una suerte popular, en el sentido más estricto, no cabe duda. Es una suerte taurómaca del pueblo y para el pueblo. El escritor Javier Omeñaca, natural de Villafranca de Ebro, lo plasma así en su libro La guerra que no fue :


"A parte de estos viajes semanales a Zaragoza y a su afán intelectual, Remigio era un mozo más en el pueblo. Trabajaba de sol a sol en los campos de la familia, echaba el guiñote en el bar cuando podía y tomaba el vermú. Para fiestas como todos, pese a sus lecturas gassetianas, se calentaba, cantaba jotas y, por supuesto, sacaba el roscadero: en Villafranca de Ebro las fiestas sin vacas no eran fiestas, las vacas sin roscaderos no eran vacas y los mozos sin roscadero no eran mozos".










Para conocer más sobre los roscaderos, dejo un interesante documental titulado Los roscaderos de Aragón, "la suerte del canasto". https://www.youtube.com/watch?v=7t-iHJqX4-U




miércoles, 7 de octubre de 2015

La Contrarrevolución Francesa en Victor Hugo

Este post tiene dos protagonistas: la Guerra de la Vendée y Victor Hugo. Abordada por éste en su último libro, "El 93", ofrece una visión de la guerra desde los puntos de vista de los dos bandos contendientes. Mucho más que revolucionarios jacobinos anticlericales contra católicos bretones contrarrevolucionarios. 

"Esa guerra de los ignorantes, tan estúpida y tan espléndida, tan abominable y tan magnífica, desoló y enorgulleció a la Francia. La Vendée fue una llaga gloriosa". Conozcamos las razones profundas de una y otra ideología. 
La elección de tratar en este post de la Contrarrevolución es por un motivo claro: más o menos, a todos nos han explicado los porqués de la Revolución Francesa. Si todo eran avances, ¿por qué un grupo ,en un territorio tan alejado de París como la Vendée, se resistió? 
Para comprender la Contrarrevolución, la mejor explicación la ofrece la prosa del escritor francés, cuyo padre participó en la contienda.



(Si alguien lo desea, el libro se encuentra disponible en: https://archive.org/details/noventaytres00hugo )

La Vendée fue la guerra de la idea local enfrentándose a la idea universal. No fue una lucha contra la República, fue una lucha contra un centralismo que no admite el pueblo bretón.

Si alguien busca comprender el nacionalismo bretón de la actualidad, que busque en el pasado. Allí siempre está la solución.

Y para que podamos entender que España no es una singularidad histórica.