sábado, 4 de junio de 2016

The Rumble in the Jungle

Hoy, 4 de junio de 2016, ha muerto el más grande entre los grandes pesos pesados de la Historia. Un boxeador que fue mucho más que un boxeador. Es imposible conocer, por ejemplo, cómo afectó el conflicto de Vietnam en la sociedad estadounidense o cómo fue la lucha por los derechos civiles de la población negra sin tener en cuenta el papel principal que asumió para sí Cassius Clay, Muhammad Ali. El peso pesado que se movía como un ligero. El boxeador que sólo respetó a otro boxeador en su vida: Sugar Ray Robinson.

Y, en este momento, me apetece escribir de nuevo sobre boxeo. Quizá que este deporte haya sido relegado a un segundo plano informativo de un tiempo a esta parte me hizo acercarme a él como mero espectador primero y como admirador después.

Si hay un combate que representa todo en la Historia del Boxeo (con mayúsculas), ese es el que se conoció como The Rumble in The Jungle entre Foreman y Ali en Zaire en 1974. Una de las pelas del siglo. Una de las peleas de la Historia. Una pelea por el Título de los pesados. Sí. Y mucho más.

La velada fue patrocinada por el entonces presidente de Zaire, dictador después, Mobutu Sese Seko, y fue una de las primeras experiencias de Don King como promotor de boxeo. No fue la primera de las peleas del polémico Ali en tierras con una raigambre pugilística casi inexistente, ya que en Manila, Filipinas, al año siguiente, tuvo lugar otro combate, este vez contra el archienemigo por antonomasia, Frazier.
La pregunta parece clara: ¿por qué Zaire y por qué contentar al asesino de Mobutu? La respuesta: más de 10 millones de dólares de la época. Por cierto, Mobutu no apareció por el combate. Lo valientes que son los dictadores. Eso sí, una pancarta gigantesca presidía la velada. Que una cosa es no estar y otra no aparecer.

Las hostilidades, tal y como diría el admirado Héctor del Mar, dieron comienzo en el Estadio Fortaleza, cuyos departamento interiores eran utilizados a modo de cárcel.
Allí, una muchedumbre enfervorecida no paraba de gritar “!Ali bomaye!, !Ali bomaye!”, Ali, mátalo.

Días antes del combate hubo algunos muertos, de raza blanca, en un ambiente enrarecido. El dictador actuó como un dictador.  Mandó a la cárcel a más de 1000 personas y aquí paz y después, gloria.
Ali aparecía en todas las apuestas como el perdedor. Foreman arrastraba una racha impresionante. El grandísimo Joe Frazier había besado la lona hasta en seis ocasiones en dos asaltos en un combate anterior. Una racha de 40-0 con 37 Knock Out. Casi nada lo del amigo.

Sin embargo, Clay era mucho Ali. Gracias al ex-púgil Larry Holmes y a un entrenamiento espartanos, Ali estaba mucho más delgado que en anteriores ocasiones. Listo para la guerra.

Y así fue. Decía el Maestro Antonio Ordóñez que hay una serie de tardes al año que tenías que estar dispuesto a morir en la arena de una plaza de toros. Esa filosofía la tienen también los boxeadores. Y tanto Ali como Foreman, que defendía por tercera vez su título de campeón de los pesados, estaban dispuestos a morir sobre la lona que circunscriben las 16 cuerdas.

A una hora intempestiva, las 4 de la madrugada de la costa este estadounidense (la que todavía se utiliza para marcar, por ejemplo, la hora de la Superbowl o de los estrenos televisivos de relumbrón) dio comienzo la pelea con el juego previo que tanto gustaba al gran campeón.

Alrededor de  60.000 africanos casi suplicando '¡Ali bomaye! ¡Ali bomaye!'. 8 asaltos. 24 minutos de boxeo. 24 minutos de guerra. Y la guerra es, esencialmente, valor y táctica. Ali en las cuerdas al más puro estilo Balboa gritándole a Foreman: “Pegas como una mujer”, “Pégame más fuerte, campeón”. ¿Os suena? Clubber Lang y Rocky Balboa en Rocky 3, Forema y Ali en Zaire.

Y Ali venció tras una combinación absolutamente genial. Y Ali convenció. Y Ali se convirtió en una leyenda que acabaría de forjar al año siguiente, 1975, en Filipinas contra Frazier.

Mucho más que un boxeador. Un ídolo de masas y un movilizador social de primera fila.

La pelea completa se encuentra disponible en Youtube:

lunes, 2 de mayo de 2016

El Honor de los presos del 2 de mayo

Acabo de releer el libro "Un día de cólera", de Arturo Pérez-Reverte, y desde aquí os lo recomiendo. Un libro y un autor que, personalmente, les tengo en estima por estar siempre a las duras y a las maduras. Filias y fobias aparte.

La historia de esta entrada la he leído en ese libro y en un artículo del autor publicado en el XL Semanal.

Esta es la historia de unos hombres con un valor que actualmente está en franca decadencia: el Honor. La Palabra de Honor.

El 2 de Mayo de 1808, una vez levantado el pueblo de la Villa y Corte contra los invasores franceses, los presos de la Cárcel Real, situada en la Plaza de la Provincia, muy cerca de la Plaza Mayor, pidieron que les dejaran salir a luchar, comprometiéndose a volver después de la lucha al penal. 


La petición fue entregada por Francisco Xavier Cayón, preso en la cárcel, y estaba suscrita por todos sus compañeros de presidio. Esta decía: «Abiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo y que por los balcones se arroja armas y munisiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplica, bajo juramento de volber a prisión con sus compañeros, se les ponga en libertad para ir a esponer su vida contra los estranjeros».

Sopesando la situación fuera de la prisión y la que se podría armar dentro, los responsables dejaron salir a los presos que habían comprometido su palabra en volver.

Y así fue que, de 94 presos que estaban entre rejas, 56 salieron a combatir. Uno murió y otro puso pies en polvorosa. 2 desaparecidos y dados por muertos. 51 de 56 regresaron. Es decir, de 56 que salieron a combatir, sólo uno aprovechó la situación para decir: "pies, para qué os quiero". Honor.

La gran mayoría de ellos se encaminaron hacia la Plaza Mayor, donde lograron conquistar un cañón francés y lo dirigieron contra la infantería francesa que avanzaba hacia ellos por la calle de los Consejos.





¿Por qué pidieron salir? De nuevo la respuesta creo que es el Honor. Imagínense que ustedes, encerrados entre rejas, escuchan a través de un ventanuco minúsculo, situado a más de dos metros de altura, gritos, juramentos, lamentos, gritos y sollozos. Mi familia, pensarán. Qué estará pasando con mi familia. No puedo estar aquí. He de salir a matar o a morir. Y allá que te fueron. No es lo mismo combatir en tierra extranjera que teniendo a tu espalda a tu mujer, hijos y demás familia. Eso es un plus en cualquier conflicto. La defensa a la desesperada.

La verdad es que tiene su cierta lógica dejar que unos presos salgan a combatir. No es algo pensado como “de perdidos al río” por parte de las autoridades de la cárcel. En absoluto. La sublevación de Madrid y la Guerra de la Independencia en general normaliza un estilo de guerra que será típicamente español: la guerra de guerrillas. Y en ese ambiente de navajazo, degüello y ataques rápidos aprovechándose del terreno, ¿quién mejor que un preso de la capital? Las autoridades creyeron que nadie mejor que ellos.

Pónganse en su lugar. Pónganse en el lugar de estos héroes olvidados. Salen a morir motu proprio desde una cárcel en el siglo XIX y prometen regresar si aún siguen con vida. Y regresan. 

El Honor.






lunes, 25 de abril de 2016

Desierto en la Concurso

Allá por el año 2000, el maestro Luis Francisco Esplá inauguraba la tradición de las Corridas Concurso en el coso de Pignatelli. Hoy, 16 años más tarde, debemos darle una vuelta más, a tenor de los resultados de los últimos dos años. Una corrida concurso debe ser eso: una Corrida Concurso. Toros de diversos encastes, en tipo y con unas reatas y notas contrastadas. Esto no puede convertirse en una limpieza de cerrados ni un campo de pruebas. Aquí se debería venir a ganar y con lo mejor de cada casa. Empresa, ganaderos y toreros deberían saber a qué vienen a esta corrida a Zaragoza.
El primero, de Bohórquez, era amplio en todo su cuerpo, desde los pitones hasta la penca del rabo. Fue recibido con una ovación por la afición. Cumpliendo en varas, comenzó a quejarse en banderillas. La lidia que le administraron no fue la mejor y Rafaelillo comenzó por bajo cuando el toro quizá pedía que le condujeran a su altura. Mirón y probando al coleta, se fue apagando poco a poco. Tampoco el toreo hizo nada por mejorarlo. Un toro más.
647 kg. pesó el de Cuadri que hizo segundo. Y 50 kg. que le habrían cabido más. Largo como un tren este Ferroviario que fue recibido con palmas de salida. Decidido el torero de la tierra con el capote, con el que consiguió algún lance estimable. El toro demostró en el caballo lo que iba a ser: falto de casta y clase, con la cara siempre a media altura. Tocaron a banderillas y aquí llegó uno de los puntos fuertes de la tarde. Iván García, que es un torero de la montera al lazo de la zapatilla, hizo una lidia de manual, dándole al animal lo que necesitaba. Ambel y Manolo de los Reyes se lucieron con los garapullos y recibieron una ovación. A Paulita se le veía con ganas, pero la mala suerte quiso que el toro de Cuadri se lastimase la mano derecha y se inutilizara para la lidia nada más comenzar la faena. Y aquí acabó este capítulo.
Manso en el caballo y noble repetidor en la muleta el protestado toro silleto de AlcurrucénManuel Escribano estuvo con oficio con él, templado, pero toreando fuera de cacho. Acabó por hacer un toreo más efectista que, junto a un espadazo saliendo trastabillado, le valió la única oreja cortada en el ciclo.
Imponente de arboladura el albaserrada de Adolfo Martín, que recibió una ovación de salida. Tomó cuatro varas por parte de Juan José Esquivel, que toreó bien a caballo. Cumplió el animal, pero viniéndose a menos, con más genio que otra cosa. Salió del encuentro con el caballo embistiendo a arreones. Rafaelillo comenzó doblándose con el toro, pero el perder la muleta hizo que el animal decidiese que ya no embestía, desentendiéndose de la pelea. La izquierda de Rafaelillo la vimos con la muleta sólo a la hora de matar. Tragándose la muerte acabó el de Adolfo.
Fuente Ymbro es una ganadería con una variedad de presentación en sus toros que asombra. El que ha mandado a Zaragoza parecía hecho por Picasso. Cara de vaca, pitones camargueses, una pelota enorme en el morrillo, largo como un tráiler de varios ejes y alto como un flamenco. En definitiva, feo como él solo. Derribó a Sangüesa en la primera vara. Puro espejismo. El plato fuerte de la corrida llegaría en el tercio de banderillas. Muy bien Ambel con la capa y extraordinarios Iván García y Manolo de los Reyes con los palos. Cuando se llenan de contenido todos los tercios, esto genera interés. En la muleta el toro fue un marmolillo. El de Alagón se quiso justificar estando más tiempo del necesario delante de la cara del animal.
El de la Jota correspondía a la ganadería de la tierra, Los Maños. Anovillado, paletón y con la cara un tanto lavada. Fue muy protestado por el tendido. No debió pasar el reconocimiento. La primera vara fue de bravo, empujando hasta con el rabo. Tres puyazos recibió, viniéndose abajo conforme avanzó la lidia. En la muleta acabó por rajarse y huyendo a tablas. Escribano anduvo profesional con él y dejó una estocada tendida.
Una Concurso a la que deberíamos dar una vuelta de tuerca. Porque una corrida de este tipo no sólo es necesaria, sino imprescindible. Por el toro y por la diversidad de encastes.

  • Zaragoza. Plaza de toros de La Misericordia. 2ª de la Feria de San Jorge. Corrida Concurso de ganaderías. Casi media entrada en tarde ventosa.
  • Rafaelillo: ovación con saludos y silencio.
  • Paulita: silencio y ovación con saludos.
  • Manuel Escribano: oreja y leve petición.
  • Tras romper el paseíllo hubo una ovación para la UYTAC y para los matadores, que salieron a recogerla al tercio.
  • PREMIOS: Mejor Toro: desierto; Mejor Lidiador: Iván García, en el segundo toro; Mejor Picador: Juan José Esquivel, en el cuarto toro

sábado, 23 de abril de 2016

Ni Dragón embistiendo ni San Jorge toreando

Crónica disponible en:

http://www.porelpitonderecho.com/inicio/ni-dragon-embistiendo-ni-san-jorge-toreando-2883


Abría sus puertas el coso de Pignatelli en esta temporada 2016 con un encierro de la divisa extremeña de López Gibaja, que tras sus actuaciones en Valencia con diversas novilladas debutaba en plaza de primera con corrida de toros. El antecedente más cercano en esta plaza fue aquel Marqués, que ganara la Corrida Concurso de esta misma plaza en 2013. La presentación del encierro ha sido desigual, con dos toros, tercero y quinto, absolutamente impresentables en una plaza de la categoría del coso zaragozano.
Joselito Adame hacía el paseíllo desmonterado al debutar como matador en Zaragoza. En ninguno de sus dos toros colocó al animal en suerte, cosa que en el cuarto se le exigió con firmeza por parte de la afición, ya que el toro empujó de verdad en su primera vara. Pero vayamos por partes. Su primer toro, un manso de libro, humillaba al coger los trastos. Tras una lidia en la que no se le pudieron dar más capotazos, se puso el hidrocálido a seguir por el mismo palo que su cuadrilla. Total, que entre el poco temple, que estaba toreando desde la Plaza del Pilar y que el animal se fue yendo poco a poco abajo, nos quedamos sin nada. Bueno, sin nada no. Adame trajo por trastos dos bonitas mantas zamoranas que hubiesen hecho las delicias en el invierno de la ciudad. Es materialmente imposible torear decentemente con semejantes carpas de circo. El cuarto, como ya hemos dicho, tomó una buena primera vara que fue bien administrada por Óscar Bernal. ¿Y qué hizo Adame? Una demostración de eso que se conoce por Tauromaquia 2.0 a la que se añadió una buena cantidad de zapatillazos. Tras matar al animal, el espada, con el permiso de la autoridad abandonó la plaza.
Mi reflexión, como aficionado, es: ¿cómo se puede permitir que el director de lidia abandone la corrida sin que esta haya terminado? Una vergüenza, un despropósito y, sobre todo, una falta de respeto a la afición y a sus compañeros.
Juan del Álamo entró a última hora por sustitución de David Mora, con una rotura fibrilar en el gemelo. Qué casualidad. Álamo tuvo como primer enemigo a un toro al que le hicieron todo al contrario a partir de su paso por el caballo, donde fue bien picado por Paco María. Su faena con la muleta fue más larga que un día sin pan. Y no contento con ponerse realmente pesado, se entretuvo en pegar circulares de todo tipo. Con el quinto apenas tuvo opción. Un toro manso, descastado, mal lidiado y mal presentado.  Un capítulo vacío.
Fortes es un torero con valor. Con mucho valor. Pero poco toreo. Transmite al tendido una sensación de inseguridad que es difícil de explicar. Quizá el mejor ejemplo es su faena al tercer toro de la tarde. En las cercanías, con escaso temple y sin conducir la embestida del toro, que tampoco era nada del otro mundo. El público, con sensación de que podía ser cogido en cualquier momento. Y Fortes acabó el cuadro con unas bernadinas ajustadísimas. Toreo poco, valor todo el del mundo. Por cierto, lo de brindar con una rosa y un libro es una estupidez de proporciones considerables. Esto es Aragón, por si no se ha enterado alguno. El sexto toro no lo quiso ni ver. Bronco, sí. Pero Fortes ni se puso. Casi que lo agradecimos, porque más de dos horas y media de sopor son mucho sufrir de forma gratuita.
Y así acabó la primera de feria. Ni Dragón embistiendo ni San Jorge toreando. Mañana la concurso. Esa va a ser.

  • Zaragoza. Plaza de toros de La Misericordia. 1ª de la miniferia de San Jorge. Algo más de un tercio de entrada en tarde primaveral con el cierzo propio de la tierra. Corrida de Toros de López Gibaja, desiguales en presentación y juego.
  • Joselito Adame: ovación con saludos y silencio.
  • Juan del Álamo: ovación con saludos y silencio.
  • Jiménez Fortes: leve petición y pitos.

martes, 15 de marzo de 2016

El discurso de Marco Antonio

Hoy es el día. Hoy murió César. Y Shakespeare lo llevó al teatro en su Julio César. La obra empieza en el momento decisivo de la Historia, cuando Julio César, en su camino al circo para ver unos festejos, es avisado por un visionario con la siguiente, y desde entonces, famosa frase: “¡Cuídate de los Idus de marzo!

Es el tercer monólogo  al que hago referencia en el título de la entrada. Es el segundo monólogo de Marco Antonio, en respuesta a uno pronunciado por Bruto, uno de los ejecutores de César. Marco Antonio sale a escena con el cuerpo inerte de César y lo deja a los pies del pueblo romano que acaba de escuchar a Bruto. Se ha comprometido a que si le dejan hablar en el funeral de César no dirá nada en contra de los asesinos. Comienza el discurso, el pueblo romano, las gentes de Roma están en su contra, en contra del César. Y Marco Antonio conseguirá darle la vuelta a la tortilla.

Aquí os dejo íntegro el discurso de Marco Antonio a los pies del Capitolio.

"¡Amigos, romanos, compatriotas, prestadme atención! ¡Vengo a inhumar a César, no a ensalzarle! El mal que hacen los hombres perdura sobre su memoria. Frecuentemente el bien queda sepultado con sus huesos. ¡Sea así con César! El noble Bruto os ha dicho que César era ambicioso. Si lo fue, era la suya una falta grave, y gravemente la ha pagado. Con la venia de Bruto y los demás, pues Bruto es un hombre honrado, como son todos ellos, hombres todos honrados, vengo a hablar en el funeral de César. Era mi amigo, para mí leal y sincero; pero Bruto dice que era ambicioso. Y Bruto es un hombre honrado. Infinitos cautivos trajo a Roma, cuyos rescates llenaron el tesoro público. ¿Parecía eso ambición en César? Siempre que los pobres dejaban oír su voz lastimera, César lloraba. ¡La ambición debería ser de una sustancia más dura! No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y Bruto es un hombre honrado. Todos visteis que en las Lupercales le presenté tres veces una corona real, y la rechazó tres veces. ¿Era esto ambición? No obstante, Bruto dice que era ambicioso, y, ciertamente, es un hombre honrado. No hablo para desaprobar lo que Bruto habló. Pero estoy aquí para decir lo que sé. Todos le amasteis alguna vez, y no sin causa. ¿Qué razón, entonces, os detiene ahora para no llevarle luto? ¡Oh raciocinio! Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los hombres han perdido la razón… ¡Perdonadme un momento! Mi corazón está ahí, en ese féretro, con César, y he de detenerme hasta que torne a mí."

(Los ciudadanos hablan entre sí dando la razón a Antonio).

"Ayer todavía, la palabra de César hubiera podido prevalecer contra el universo. Ahora yace ahí, y nadie hay tan humilde que le reverencie. ¡Oh señores! Si estuviera dispuesto a excitar al motín y a la cólera a vuestras mentes y corazones, sería injusto con Bruto y con Casio, quienes, como todos sabéis, son hombres honrados. ¡No quiero ser injusto con ellos! Prefiero serlo con el muerto, conmigo y con vosotros, antes que con esos hombres tan honrados. Pero he aquí un pergamino con el sello de César. Lo hallé en su gabinete, y en su testamento ¡Oiga el pueblo ésta su [última] voluntad (aunque con vuestro permiso, no me propongo leerlo), e irá a besar las heridas de César muerto y a empapar sus pañuelos en su sagrada sangre! ¡Sí! ¡Reclamará un cabello suyo como reliquia y, al morir, lo transmitirá por testamento como un rico legado a su posteridad! "

(Los ciudadanos exigen conocer el testamento de César).

"¡Sed pacientes, amables amigos! ¡No debo leerlo! No es conveniente que sepáis hasta qué extremo os amó César. Pues siendo hombres, al oír el testamento de César os enfureceríais llenos de desesperación. Así, no es bueno haceros saber que os instituye sus herederos, pues, si lo supierais, ¡Oh! ¿Qué no habría de acontecer?"

(Más voces exigiendo la lectura del testamento).

"¿Tendréis paciencia? ¿Permaneceréis un momento en calma? He ido demasiado lejos en deciros esto. Temo agraviar a los honrados hombres cuyos puñales traspasaron a César. ¡Lo temo!"

(Siguen las exigencias de los ciudadanos).

"¿Queréis obligarme, entonces, a leer el testamento? Pues bien, formar círculo en torno al cadáver de César y dejadme mostraros al que hizo el testamento. ¿Descenderé? ¿Me dais vuestro permiso?"

(Baja de la tribuna y se sitúa junto al catafalco con los despojos de César).

"Si tenéis lágrimas, disponeos ahora a verterlas. ¡Todos conocéis este manto! Recuerdo cuando César lo estrenó. Era una tarde de estío, en su tienda, el día que venció a los nervios. ¡Mirad: por aquí penetró el puñal de Casio! ¡Ved qué brecha abrió el envidioso Casca! ¡Por esta otra le hirió su muy amado Bruto! ¡Y al retirar su maldecido acero, observad cómo la sangre de César parece haberse lanzado en pos de él, como para asegurarse de si era o no Bruto el que tan inhumanamente abría la puerta! Porque Bruto, como sabéis, era el ángel de César. ¡Juzgad, oh dioses, con qué ternura le amaba César! Ese fue el golpe más cruel de todos, pues cuando el noble César vio que él también le hería, la ingratitud, más potente que los brazos de los traidores, lo anonadó completamente. Entonces estalló su poderoso corazón y, cubriéndose el rostro con el manto, el gran César cayó a los pies de la estatua de Pompeyo que se inundó chorreando sangre… ¡Oh, qué caída, compatriotas! En aquel momento, yo y vosotros y todos, caímos, y la traición sangrienta triunfó sobre nosotros. Oh, ahora lloráis, y percibo sentir en vosotros la impresión de la piedad. Esas lágrimas son generosas ¡Almas compasivas! ¿Por qué lloráis, cuando aún no sabéis visto más que la desgarrada vestidura de César? ¡Mirad aquí! ¡Aquí está él mismo, desfigurado, como veis, por los traidores! "

(Los ciudadanos claman venganza).

"Buenos amigos, apreciables amigos, no os excite yo con esa repentina explosión de tumulto. Los que han consumado esta acción son hombres dignos. ¿Qué secretos agravios tenían para hacerlo? ¡Ay, lo ignoro! Ellos son sensatos y honorables, y no dudo que os darán razones. ¡Yo no vengo, amigos, a concitar vuestras pasiones! Yo no soy orador como Bruto, sino como todos sabéis, un hombre franco y sencillo, que amaba a su amigo, y esto lo saben bien los que públicamente me dieron licencia para hablar de él. Porque no tengo ni talento, ni elocuencia, ni mérito, ni estilo, ni ademanes, ni el poder de la oratoria, que enardece la sangre de los hombres. Hablo llanamente y no os digo sino lo que todos conocéis. Os muestro las heridas del bondadoso César, pobres, pobres bocas mudas, y les pido que ellas hablen por mí. Pues si yo fuera Bruto y Bruto Antonio, ese Antonio exasperaría vuestras almas y pondría una lengua en cada herida de César capaz de conmover y levantar en motín las piedras de Roma. "

(El público quiere oír el testamento).

"Aquí está, y con el sello de César. A cada ciudadano de Roma, a cada hombre, individualmente, lega setenta y cinco dracmas."

(Voces de satisfacción)

"Os lega, además, todos sus paseos, sus quintas particulares y sus jardines recién plantados a este lado del Tíber. Los deja a perpetuidad a vosotros y a vuestros herederos como parques públicos para que os paseéis y recreéis ¡Este era un César! ¿Cuándo tendréis otro semejante?"

(Los ciudadanos deciden incinerar allí mismo el cadáver de César y, con esas llamas, prender antorchas para incendiar las casas de los traidores).

"¡Ahora prosiga la obra! ¡Maldad, ya estás en pie! ¡Toma el curso que quieras!"




Y para acabar, este discurso en boca del actor más grande de la Historia: Marlon Brando.



Versión en castellano

Versión en inglés (VO)

viernes, 19 de febrero de 2016

El Partido de la Muerte

Siempre dicen que la realidad supera con creces a la ficción. Y es absolutamente cierto.
Vamos a remontarnos a 1942. Europa se encuentra en ese avispero de sangre, sudor y lágrimas que fue la Segunda Guerra Mundial. Y en medio del horror, un grupo de hombres valientes.

Kiev, 1942, durante la ocupación nazi.
El origen de la historia nace en una panadería, propiedad de un hombre llamado Kordik, un aficionado del Dinamo de origen alemán que curiosamente dio trabajo como limpiador a Trusevich, el portero de su equipo, condenado a la indigencia tras la ocupación de la capital de Ucrania.
A Kordik entusiasta del fútbol, se le ocurrió la idea de formar un equipo de fútbol de la panadería, y obviamente con el agrado del jugador-trabajador, allá por la primavera de 1942, Trusevych empezó a buscar por Kiev a su antiguos compañeros de equipo para “resucitar” al Dinamo. El primero que encontró fue Makar Goncharenko.
Una vez reunidos se creó el FC Start,  formado finalmente por antiguos jugadores del Dinamo de Kiev y del Lokomotiv. Tras cosechar algunas victorias contra equipos del país, diezmados por la guerra, el nuevo conjunto fue puesto en el punto de mira de los equipos formados por las fuerzas invasoras alemanas.
La Luftwaffe (la fuerza aérea dirigida por Göring. Por cierto, alumno más aventajado del archifamoso Barón Rojo) y las SS,  que con aires de superioridad les retaron a un partido. 
El 6 de agosto, el Start cumplió en el campo, lejos de amedrentarse y se ensañó también con el Flakelf, conjunto formado por militares alemanes, derrotándolo por 5-1.El deporte era uno de los ejes decisivos de la ideología nazi. Tanto es así que en 1936, cuando Noruega derrotó a Alemania en las Olimpiadas de Berlín, Goebbels escribió en su diario: “100.000 personas abandonaron el estadio deprimidas. Ganar un partido puede ser más importante que conquistar algún pueblo en el este”.
Justo antes del encuentro, el 28 de julio, Stalin promulgó la Orden 227, que se resumía en cuatro palabras: “Ni un paso atrás”. La tensión por tanto aumentaba en Kiev cuando el Start enfrentó a un equipo alemán y encima lo derroto.
La orden de matar a todos los jugadores rápidamente llegó desde Berlín. Pero los oficiales sabían que sólo matarlos no tendría ningún efecto. Peor aún, podrían crear mártires innecesarios, además de dejar la imagen en la población de jugadores ganadores que lucharon contra el nazismo. Decidieron organizar una revancha el mismo 9 de agosto. Ser derrotado no entraba dentro de los planes de Hitler. Un partido de fútbol, una guerra a pequeña escala.
El segundo partido se celebró esta vez en condiciones, más aun si cabe, adversas para los del Start. El árbitro era miembro y oficial de las SS y el equipo alemán recibió refuerzos. No debemos olvidar, además, que los miembros del Start eran presos y no estaban en las mejores condiciones alimentarias ni de salud.
Antes del partido, el árbitro visitó a los ucranianos y pidió que al salir a la cancha hicieran el saludo nazi. Sobrevino una polémica que dio lugar a una discrepancia. Así fue como, cuando el Flakelf gritó “Heil Hitler!”, de forma espontánea, los jugadores del equipo del panadero exclamaron: “FizcultHura!” (“¡Viva el deporte!”, lema de los equipos soviéticos). 

Como era de prever, el árbitro toleró el juego rudo de los alemanes haciendo caso omiso a las faltas del equipo Flakelf. Aun así, la calidad era la calidad, y el primer tiempo terminó 3-1 a favor del Start. Durante el descanso, un oficial les advirtió de las consecuencias de ganar. Esta vez la unanimidad en el vestuario fue instantánea
La segunda mitad continuó con la misma dinámica. Con un marcador de 5-3 fue cuando aconteció la “gran” jugada del “partido de la muerte“. Y no, no fue un gol.

Klimenko, que actuaba de defensa, cogió la pelota y regateó uno tras otro a los jugadores del equipo alemán, hasta la portería, y solo frente a ella sin portero, se giró y de forma desafiante tiró el balón a la grada, donde estaban los altos mandos alemanes viendo el partido. Humillante insulto. Dignidad. Esto provocó que el árbitro pitara el final antes de los 90 minutos reglamentarios.
¿Les suena la historia? Sí, Evasión o Victoria.
Esa segunda derrota fue demasiado para los alemanes, tan llenos de ansia ganadora, que prepararon la venganza en frío. Una semana después, el 16 de agosto, el Start volvió a ser obligado a jugar, de nuevo ante el Rukh, finalizando con victoria por 8-0 para los protagonistas de esta historia.
Tras la conclusión partido, la Gestapo arrestó a varios jugadores del Start, supuestamente por pertenecer a la NKVD, el órgano represor de Stalin, y al Partido Comunista. Bien es cierto que uno de ellos, Mikola Korotkykh, ya había sido detenido antes del partido inicial del 6 de agosto y murió unas semanas después, tras ser torturado.
A falta de pruebas contra los otros jugadores detenidos, fueron enviados al campo de trabajo de Sirets, a las afueras de Kiev, donde fueron separados en diferentes grupos y donde los tres jugadores del Dinamo fueron asignados al equipo encargado de transportar la leña. Sobrevivieron seis meses más y cayeron, probablemente, víctimas de la tensión en el campo de batalla. Klymenko, el portero Trusevich e Ivan Kuzmenko fueron ejecutados en febrero de 1943.

Una historia que aún está presente. A día de hoy, siete décadas después, los poseedores de boletos para el partido del 9 de agosto de 1942 siguen teniendo libre acceso a los partidos del Dinamo. Y en la entrada del Start Stadium, una escultura recuerda a los futbolistas que eligieron ganar antes que vivir. “De la rosa sólo nos queda el nombre”, se puede leer en su epitafio.  Incluso los jugadores del Dinamo, cuando se casan, depositan flores ante el monumento en honor a la memoria de los jugadores muertos.
Por ellos. Por los hombres valientes. 

viernes, 18 de diciembre de 2015

"La matanza de San Valentín"

"He peleado tantas veces con Sugar Ray, que no sé como no tengo diabetes". Jake LaMotta

Situemos la Historia en el Estados Unidos pos Segunda Guerra Mundial. Concretamente nos vamos a ir Chicago, al 14 de febrero de 1951, día que se conocería en el futuro como el día de  "La matanza de San Valentín". Tercera defensa del título de la categoría media de Jake LaMotta. Sexta vez que se enfrentaban el Toro Salvaje del Bronx de Nueva York y Sugar Ray Robinson, el bailarín de Georgia. La casta del boxeador aupado en sus inicios por la Mafia contra la clase del estudiante frustrado de medicina que sería el futuro espejo de Alí. 

Sugar Ray, campeón de los Welter, había subido de peso para enfrentarse a su adversario, el único que le había podido ganar en sus 123 combates anteriores, y quitarle la corona del peso medio. 

LaMotta era el campeón, y Robinson, el mejor boxeador de la Histora. 

En el pesaje previo al combate, Robinson, tras enseñar sus músculos en el típico show previo, se bebió de un trago un vaso de sangre de toro. ¿Quién dijo miedo?  La pelea fue programa a 15 asaltos, pero ninguno de los dos quería llegar al decimoquinto round. El KO o la derrota.

Noche cerrada en Chicago. Ambos púgiles, con sus preparadores, en la luz chispeante de los vestuarios del Chicago Stadium con los músculos relajados, la mirada tensa y concentrada. A matar o a morir. Era la guerra. Calzón blanco para el negro y calzón negro para el blanco.


Los ojos de Robinson estaban inyectados en sangre. Era un boxeador ambicioso, imparable en el mano a mano, rápido, estilista, vistoso, un espectáculo para los aficionados. Los ojos de LaMotta bebían odio, ese odio que sentía en su interior y que brotaba a través de su famosa izquierda contra las narices de sus oponentes.

La batalla comenzó con 9 asaltos de trámite, si es que un asalto de boxeo puede considerarse un trámite para esos dos héroes que se reparten puñetazos como dos descosidos. Robinson mantenía las distancias con su jab ante el modo fajador de boxear del de Nueva York.  Pero llegó el décimo asalto, donde comenzó la épica. 4 asaltos históricos. 

LaMotta, cansado de esperar la oportunidad para intentar combatir al contraataque, decidió ir al frente con la bayoneta calada. Se metió debajo del cuerpo de Robinson hasta hacer que el campeón besara el suelo. ¿Se iba a dar por vencido el campeón de campeones? En absoluto. Robinson no era un boxeador cualquiera, era el mejor boxeador de la Historia. Los dos púgiles a sus esquinas. El round había concluido. La guerra continuaba.

Robinson salió al ataque desde su esquina cuando sonó el gong que daba inicio al undécimo asalto y se cebó  en el rostro de LaMotta, que comenzó a teñirse de un rojo cobrizo. El gong fue como el toque a rebato de la carga de la Guardia Imperial napoléonica en Austerlitz para contrarrestar el ataque ruso . A la bayoneta calada del neoyorquino respondió el de Georgia también con su bayoneta calada. La paliza fue brutal para Jake. Sin embargo, LaMotta tuvo el combate en sus manos cuando Ray quedó encerrado a su merced en la esquina del ring. No aprovechó la ocasión y sufriría las consecuencias. El que no mata, muere. Robinson comenzó a martillear la cara del boxeador del Bronx. Las mujeres en sus asientos se tapaban la  vista para no ver la paliza que estaba recibiendo el Toro Salvaje. Pero LaMotta era un Hombre. Aguantó en pie los tres minutos del undécimo asalto y en pie se puso para disputar el duodécimo round. La duodécima carga. Morir antes que rendirse.

Robinson siguió castigando la cara del de Nueva York hasta dejarlo desfigurado. LaMotta era un muñeco acostado en las cuerdas recibiendo puñetazos de todo tipo y color. Pero era un Hombre. Lejos de caer, incitaba a Robinson para que siguiera pegándole. "Vamos, Ray, ven aquí, veamos si eres capaz de derribarme, vamos". 3 minutos recibiendo una de las mayores palizas que se recuerdan en la Historia del Boxeo. 

Jake parecía decidido a mantenerse de pie, aunque le costase la vida. A los dos minutos del decimotercer asalto ese parecía ser el único final posible. Una auténtica carnicería que acabó cuando el árbitro paró el combate. Robinson ganó la pelea por nocaut.  

El entrenador y los asistentes del ya ex-campeón le rodearon, pero Jake era un Hombre con un orgullo más grande que su casta. Con un bamboleo propio de un moribundo se acercó hasta el campeón para gritarle "Oye, Ray. ¡No me has derribado! ¡Jamás me vas a derribar!".

El vencedor del combate fue Robinson, pero ambos sabían que habían ofrecido un espectáculo histórico. Tras el combate, Ray alabó a su oponente: "No ha perdido Jake. Este hombre es un gladiador. Yo he ganado, pero él no ha perdido". 

Sugar Ray Robinson apenas podía subir el brazo para celebrar su victoria, a Jake LaMotta le tuvieron encerrado en su vestuario durante hora y media, recibiendo oxígeno y sin permitir que nadie pudiera entrar.

Fue el último combate entre ellos. Jamás volverían a enfrentarse y LaMotta jamás se recuperó mentalmente de la batalla
 campal que se vivió aquella noche del 12 de febrero de 1951 en Chicago. La noche de "La matanza de San Valentín".